Lección de botánica

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El silbido comienza poco antes del cierre

Al principio se escucha muy débil

es apenas advertencia:

pájaro de sueño  o  voz de cuna

 

Se eleva como un grito a medianoche

muerde el aire hasta arrancar

el timbre agudo de su aroma

 

Ahora  cabellos     vibrar     cintura

precipitarse   labio       arder  frente

viejo olmo en ascensión desnuda

 

no deseo más que el tacto y te quiero

 en el hueco donde anidan animales

 

Urge su demanda ciega  y es preciso

poner fin a este canto  despojado

pero alguien pregunta

en voz alta tu nombre

y sólo queda admirarte en lo lejos

igual que se ama a un padre cuando

ya han pasado los años y tuerce

la edad sus ramajes

 

Antes de cerrar las puertas del Botánico

los guardas alertan a los visitantes

pero nada sucede los primeros minutos:

 

el silbido no impide al árbol saberse a salvo

y ser amado y suficiente mientras con

una mano aprendo su misterio   con la otra

sostengo la tuya: sonrío.

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Cuaderno de viaje V

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Despertamos con nidos de cigüeñas en el pelo, allí, allí precisamente, en el último recodo del mundo, -pincel frontera entre los ojos, entraña viva, pellizco más largo del invierno-.

Garabato de sol sobre el cuerpo en penumbra: cuerpo que espera a otro cuerpo, trepa a lo alto del campanario, vocifera su fe con el tacto del alba.

En la plaza, un anciano y un niño cruzan el patio de los naranjos, entran al bar más cercano, toman café y tostadas, dejan tan sólo unas migas.

Caminamos otro siglo, cruzamos épocas. Sobre las calles de piedra una lengua antigua, del norte, va dejando un rastro de fruta fresca y almendras.

En el regreso, tus labios son otros, y otra su textura, otro su acento.

La nieve en la cima de las montañas nos guiña un ojo, sonríe con la dulzura de una madre extraviada.

Hemos tocado el fin pero esto no se termina.

Pintas mi vida en un lienzo del tamaño de una mano. Luego llevas el cuadro a tu pecho y allí levantas tu casa.

Una casa de luz donde puedan anidar las cigüeñas.

Una casa de luz donde habite lo fértil.

 

Plasencia, febrero de 2018

 

 

 

 

 

Raíces

 

Con una venda en los ojos

nos alumbran nuestras madres

 

Ciegos son nuestros primeros pasos

las palabras primeras

En ellas hay un surco verdadero:

intuición de quien navega el mundo

sin haberlo recorrido dos veces

 

Una palabra pestañeo

o gruñido o bostezo de sol

 

La palabra el deseado visitante

 

Un lenguaje antes

del conocimiento antes

del hallazgo de la ignorancia

 

Con una venda en los ojos

vamos mudando de pieles

 

El tiempo abre las grietas

Dibuja estos jardines, descubre

algunos nombres escogidos

 

Cuando el amor venga

nos cubrirá los ojos con sus manos,

desatará la venda, el nudo de la frente:

 

aprenderemos la luz

fatigaremos la luz

hasta extinguir la niebla.

 

Semillas

 

 

El primer sonido es vegetal:

crujen como las semillas

dentro del vientre     frágil       de sus vainas.

 

A mediodía bailan:

sus zapatos de cordones  invaden

ese espacio pequeño    tibio

donde el filamento se vuelve caricia.

 

Con la tarde se espigan hacia el cielo:

recuerdan a ciertas esculturas de Bourgeois

su cuerpo es un abrazo suspendido

refugio táctil que no alcanza.

 

En la noche se besan solamente

si el aire mece la curva de sus ramas

ahoga sus gemidos animales.

 

Cuando dos mujeres caminan juntas

tienen que inventar el lenguaje desde el principio.

 

Palimpsesto

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A partir de la obra ‘Palimpsesto’ de Doris Salcedo

 

 

Despertenencia

 

paisaje hacia la noche

que al punto retrocede

 

continuidad de los bailes

 

Hemos venido a camuflar las manos

a cubrir las teselas rotas

y así lentamente

con el dolor de nacer

emergen las gotas de los nombres

 

Podríamos llamar silencio al tiempo

que pasa entre que un labio

acomete a otro labio:

desprendimiento y caída

en las hojas del roble

 

Limbos a modo de cabellos

crines de pincel que acaso

masticaran el aire

embadurnasen de perfume

el solo aire

 

Bajo la bóveda bajo la herida del cielo

el hallazgo de los ojos aniquila

el miedo que asola nuestra especie

 

Pisamos una tierra fronteriza

y nos despertenecemos por dentro

en el lenguaje

tráquea abierta

 

un simple gesto será la moneda

que cambiaremos

por hallar refugio en unos brazos

 

Estos brazos como tierra que arar.

 

 

 

Caligrafía del temblor

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Fotografía analógica. Parque de El Retiro, octubre de 2017.

 

Nubes amontonadas sobre el cielo, como grano.

Veloces se destruyen, solo para volver a construirse.

Diluyo los ojos allí, donde la forma es apenas roce,

canto rodado, en la orilla más alta del deseo.

 

Ahora suaves, las manos avanzan;

despacio, nos crean semejantes.

Tizne que segrega el tacto,  dobla el aire.

Inaugura el acto último antes del dolor,

antes del mar.

 

Todo lo que aprendiste sobre el tiempo

hoy serena tus ojos. Fulgor de la materia.

Comprendo su voto de renuncia,

su amor tan frágil: remiendos de nubes.

 

Este invierno las rosas sobreviven.

 

Este invierno es cauce, abre un camino

de asombro sobre el cuerpo: temblor,

promesa de más vida.

 

Este invierno, bajo el ala del arte,

crece el árbol que guarda tu nombre.

Cuaderno de viaje IV

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El Barco de Ávila, diciembre de 2017.

 

A Inés, Clara y Gema H.

 

Lo que no se ve: aquello que se queda suspendido sobre el campo como niebla.

Voces torpe trenza de humo. Por entre los cabellos el silbido de un panal de abejas.

No volverás a verme con las gafas de haber leído mucho,

-y el frío de la casa nos envuelve-.

¿Adónde iréis ahora? ¿Qué ruta tomaremos

una vez haya caído la manta que cubría los temblores?

Dicen que en este pueblo una mujer alimentaba a los animales con la boca.

Somos aprendices y ensayamos hasta el sueño.

Ella nunca quiso parecer una estatua y amoldaba los ojos al crujir de los bosques.

Reía.

Dulce fuente de estaño: amor con cada golpe en la lengua.