La escritura incandescente de Marina Tsvietáieva

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Escribes para no derramarlo todo, para no sentir la marca de nacimiento como una hoguera encendida.

Escribes con las manos, a través del aire, pulsando el aire, y es inútil. No dices. Sólo es viento. Y el viento te da miedo.

Escribes, sí, pero tus palabras no significan: no tienen el tacto de lo firme, el gusto de la herida, el olor del papel.

Escribes: porque sólo así alcanzas a sentir lo verdadero -la fiebre- el mundo tan pesado y tan hermoso, temblando contra el día.

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Velatorio

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A la memoria de Ángel

Un ataúd diminuto como una cuna diminuta.

-Adiós- dices -adiós desde el vientre vacío, adiós

con las manos que cuidaron la piel tibia.

Ya no me perteneces, niño, ángel a solas,

milagro entre las nubes, milagro como la lluvia

detenida de pronto cuando el pulso:

y cesa, cesa todo, siempre todo, para siempre-. Qué palabra.

A este gran suspiro le llamaron vida.

No comprendo por qué sigo aquí, en pie, sin hacer nada.

Sobre la mesa se enfría el té.

Voy a soplarlo hasta quedar sin aire.

Quien dibuja la edad en los vagones

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Rostro que nunca alcanzó a saber que podía ser bello.

(Wislawa Szymborska)

Golpe de labios en tránsito hacia sus dedos.

Trazan y recrean, recorren cada arruga cautiva:

primavera infantil sobre un rostro adulto.

La mano que dibuja no es una mano sin rumbo, es un ave

con un dolor grafito, de alas no nacidas.

Golpe, así golpe de ojos que rasgan el espacio entero

y otra vida deja en suspenso los vagones.

Rostro que nunca supo de su belleza rota

ahora yergue su edad con insolencia,

y sonrío y sonríes como si fuera posible

dibujar un sueño a la medida de alguien

que no estuviera hecho de naufragio de papel.

El poema de Joaquín

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El día que alguien nos sueñe juntos -nos encontraremos.

(Marina Tsvietáeiva).

Sostenías un libro en las manos de color morado pero no lo comprendías.

En el sueño voz salvaje y graznido antiguo de los teros. Sutil letargo.

Miedo a pronunciar con miedo una petición furiosa.

Háblame,

y sin embargo nada así: este lenguaje

animal, único y visible. Otra hoguera. Otra conspiración.

Vivirte en las orillas.

Recordar tus piernas libres y una lágrima

que no termina nunca de caer.

* * * *

Te ofreces.

Como los pájaros ofreces tu pico de agua y vas creando

un hilo consciente e inasible.

Me aferro a tu corporeidad

que no es de piel, sino de llanto, y créeme:

la huella es la memoria, cruel memoria.

(…)

Ahora cedo el paso al impulso guardado,

ahora rompo a golpes esta torpe cadena,

ahora ofrezco mis dedos a la sed y al vacío.

Luego un gran silencio, y por fin, regresar

a la isla de los nombres propios, la conciencia

de mirar al cielo y decir: he llegado,

reconozco esta luz indomable.

Las estrellas del sur son tus estrellas.

(…)

Mi país quedó lejos, el lenguaje aprendido.

Soy casi feliz.

Debo estar en casa.

* * * *

Pensamientos itinerantes

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Porque más allá de esta cumbre hay otra cumbre, aún más blanca. Vivamos con la tarea única de enloquecer.

Si inclino el rostro, el mundo se abre paso; si extiendo los ojos, cada objeto toma su forma. La palabra se hace útil.

Avanzo con los párpados canal adentro, y las casas flotan a ambos lados. Nada se sostiene: todo lo devora el agua.

Me afano en rastrear la huella de una mascarada deslumbrante. Tal vez al desatar las cintas de este antifaz sereno consiga descubrir qué se oculta en ese otro lado, si es que acaso existe algo parecido a una orilla distinta.

Preciado deseo de anonimato, esencia húmeda, iracunda, de estar nadando en sentido opuesto al que debería. Pero no. No más deber sin antes querer realmente, con autenticidad.

Escribo con esta desnudez propia de no saberse del todo parte de ningún lugar.

Escribo este viaje de silencio en el que la palabra sólo es posible de vuelta a lo cercano, a lo conocido, una vez recuperado el incierto don de quien mira el tiempo, y lo observa con curiosidad y una pizca de miedo, casi angustia, casi llanto, susurro y tregua.

Escribo cuando todo se ha derramado y ya no queda nada por vivir.