Acuarela de mujer

Ella era yo y ambas buscábamos la raíz de la ausencia, su perfume salado: sed rotunda del vivir consciente.

Despiertas bajo la luna roja, nos tiramos del pelo hasta sentir el llanto, escarbamos la tierra con las uñas rotas, celebramos todas las hojas por nacer.

Reímos absurdamente.

El camino es frío para los pies descalzos y el misterio reside en no pronunciar las vocales.

No dirás la palabra vientre ni la palabra duda ni la palabra impureza.

*  *  *  *

Hermana, amar es esto: saberse esclava del aullido

flotar en un mar de ignorancia

dejar paso a la herida del pronombre y de la piel.

Anuncios

Hablar del dolor desde el dolor: sobre “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan

delphine

Nada se opone a la noche excepto el pulso de la escritura cuando se ha vuelto grito. Desde ahí, instalada en el abismo que es el cuerpo azulado de la madre sin vida, desde ahí surge la palabra y va encontrando un lugar más sereno, con sentido, a pesar de permanecer unida al desgarro de manera irreversible.

Lucile tiene la maldición de la belleza y la maldición de la sensibilidad: ella sabe cuándo tiene que quedarse sola. Al otro lado de la plaza, sus hermanos juegan; ella intuye que en la mirada de su padre hay mucho más que afecto. El silencio camina unido a sus pisadas mientras su rostro de facciones perfectas aparece en las portadas de las revistas de moda infantiles. Nunca oculta su miedo, que es un verdadero pánico ante la pérdida, la ausencia de los que dejan de ser a su alrededor, el mundo cada vez más grande y difuso. Desde muy niña, comparte cama con la desmesura, y así será hasta el final de sus días, tal y como relata su hija, narradora de esta obra de no ficción que no podía dejar de escribir. “¿Basta el miedo para callar?”, se pregunta, nos pregunta. 

Contar una historia supone adoptar un punto de vista. De Vigan habla desde el dolor profundo de ser hija de una mujer que muchas veces no fue la madre que ella habría deseado, una mujer a la que no es fácil abrazar, y a la que teme abrazar por miedo a que se quiebre. Esa mujer que a su vez jamás tuvo una madre, y sufre un gran vacío. “Disparo a quemarropa, y lo sé”, afirma quien escribe. Está poniendo todo el empeño en decir la verdad, su verdad. La fractura de la vida y del cuerpo que se deshace ante el dolor que avanza y oprime y finalmente deriva en algo que podríamos llamar locura, o no. Tal vez no. 

Delphine de Vigan escribe la novela que Lucile, su madre, concibió hace mucho, mucho tiempo, aunque nunca llegase a ver la luz. Aquí está su familia, una familia que pende de un hilo muy delgado, pero que no llega a romperse generación tras generación: el sufrimiento como la herencia más clara y obscena. La muerte detrás de la nuca, su aliento frío, a veces seductor.

Nada -repito- se opone a la noche, excepto la figura luminosa de quien escribe, esa persona que se atreve a decir, y con ello, se salva, e incluso, nos salva.

Paisaje desfigurado

Fumas desnudo instalado en el vértigo de un vivir desquiciante.

No, no fumas; otro es el rostro y otros los ojos del fumador medianoche.

De nuevo la historia de los sexos como animales de mandíbula contrita.

Tu palabra como un constructo de algo más grande, más verde, más puro.

La sintaxis de tus manos – comederos para aves migratorias,

y adentro el aullido de mil naves de locos para urdir esta espera.

 * * * *

Pero nada de lo que haya escrito es posible:

yo digo la verdad de otra puerta cerrada como una niña temblando.

Lengua de signos

Mas no fui yo quien dijo hola al paso fronterizo que te asila de mis vértebras.

No fui culpa sino traje de entretiempo: un sabor estruendo en los iris que se curvan y se expanden y son mundo tantas veces.

Albergue en los rostros que comprenden su derrota al devenir crueles, concisos.

Fuera siempre es enero y surges para decirme hola al otro lado -del otro lado permaneces callada entre las vísceras, sabia como las hojas otoñales.

Poco a poco nos acostumbramos a nacer y silenciar los nombres.

Hola, te digo, estás sobre un puente que se tambalea y sólo puedes arrojar tus miedos como piedras o aprender a caer sin ruido

y luego envuelve mi cuerpo en un regazo azul de sábana y lenguaje.

*  *  *  *

Devenir tú, fluir misterio: de nuevo estoy hablando de la eternidad.