Hablar del dolor desde el dolor: sobre “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan

delphine

Nada se opone a la noche excepto el pulso de la escritura cuando se ha vuelto grito. Desde ahí, instalada en el abismo que es el cuerpo azulado de la madre sin vida, desde ahí surge la palabra y va encontrando un lugar más sereno, con sentido, a pesar de permanecer unida al desgarro de manera irreversible.

Lucile tiene la maldición de la belleza y la maldición de la sensibilidad: ella sabe cuándo tiene que quedarse sola. Al otro lado de la plaza, sus hermanos juegan; ella intuye que en la mirada de su padre hay mucho más que afecto. El silencio camina unido a sus pisadas mientras su rostro de facciones perfectas aparece en las portadas de las revistas de moda infantiles. Nunca oculta su miedo, que es un verdadero pánico ante la pérdida, la ausencia de los que dejan de ser a su alrededor, el mundo cada vez más grande y difuso. Desde muy niña, comparte cama con la desmesura, y así será hasta el final de sus días, tal y como relata su hija, narradora de esta obra de no ficción que no podía dejar de escribir. “¿Basta el miedo para callar?”, se pregunta, nos pregunta. 

Contar una historia supone adoptar un punto de vista. De Vigan habla desde el dolor profundo de ser hija de una mujer que muchas veces no fue la madre que ella habría deseado, una mujer a la que no es fácil abrazar, y a la que teme abrazar por miedo a que se quiebre. Esa mujer que a su vez jamás tuvo una madre, y sufre un gran vacío. “Disparo a quemarropa, y lo sé”, afirma quien escribe. Está poniendo todo el empeño en decir la verdad, su verdad. La fractura de la vida y del cuerpo que se deshace ante el dolor que avanza y oprime y finalmente deriva en algo que podríamos llamar locura, o no. Tal vez no. 

Delphine de Vigan escribe la novela que Lucile, su madre, concibió hace mucho, mucho tiempo, aunque nunca llegase a ver la luz. Aquí está su familia, una familia que pende de un hilo muy delgado, pero que no llega a romperse generación tras generación: el sufrimiento como la herencia más clara y obscena. La muerte detrás de la nuca, su aliento frío, a veces seductor.

Nada -repito- se opone a la noche, excepto la figura luminosa de quien escribe, esa persona que se atreve a decir, y con ello, se salva, e incluso, nos salva.

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