Silencio boreal

Viernes dolor noche punzante en algún rincón de la médula

ella avanza calle por calle oprime su pecho duro como el papel

sus dedos arrugan todos los poemas que podría haber escrito

sobre el aire los ojos niegan que otros ojos se hagan caricia

Ella no sabe que los ojos azules se enredan son mechones

huidos del cabello más triste que no quiere yugos sino aves

que viajan desde el norte hacia el norte mientras

buscan el hogar que no hay mientras gimen de hambre de hambre

de tristeza camuflada en hambre porque todo puede nombrarse

todo tiene una fuente todo tiene un bosque útero al que volver.

* * * *

Viernes noche: ella dibuja las coordenadas del dolor en la planta de sus pies.

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“Despiojar certezas al tiempo”: una brecha donde mirar el mundo desde los vértices*

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            A veces creemos que han quedado muy atrás los años en los que vivir era sentarse en el interior de un caleidoscopio y absorber los destellos de color provocados por un juego de espejos. A veces, sí, olvidamos que estamos hechos de piezas diminutas que encajan de manera más o menos perfecta, y que estas piezas no son sino el eco de una luz gastada que viene de otro tiempo, y de un espacio diferente, e incluso de una sensación de rostros, en ocasiones de trazo irregular.

            De lo que estoy tratando de hablar es precisamente de los bordes, de los límites entre una edad y otra, un niño-adolescente y un niño-adulto o un niño-anciano. Recuerdo los “bordes dentados de las cosas” que invoca Alejandra Pizarnik mientras descubro una voz nueva, la de Javier Temprado y sus ojos atónitos mientras escribe para  darse cuenta de que anhela otro cielo más naranja y que es preciso cavar hasta un lugar donde “hay sonrisas disfrazadas de cicatrices / en las arrugas de los árboles”.

            Como quien apresura el paso cuando la lluvia arrecia y se detiene bajo un agua torrencial, el poeta da forma a una realidad que es la suya pero también es la mía y la del transeúnte anónimo que se enfrenta a la noche y descubre que “sólo asfaltamos las calles / con nuestra memoria”. Porque escribir es rehacer y sobre todo moldear los deseos de otras vidas y su continuo desgarro. Porque escribir es bailar una danza en los vértices del tiempo y tantear el abismo o acariciar con las yemas de los dedos el cabo de una vela que murió mucho antes de que existiera la palabra fuego. Pero hoy quema. Todavía quema.

            El borde de un vientre, la esquina de un nombre, los contornos de la noche: fronteras necesarias para comprender el mundo y tener la certeza de que la poesía, y por tanto, la literatura en su totalidad, convoca a la vida y bebe de sus labios, pero no es la propia vida.

            En la literatura hay algo que nos excede, un anhelo profundo e inalcanzable. El poeta lo sabe. Y aun así, qué hermoso es avanzar hacia él y sentir vértigo.

* Sobre “Los vértices del tiempo”, Javier Temprado Blanquer (La Isla de Siltolá, 2015)

Horizonte por venir

Mira, los árboles están, las casas

que habitamos existen todavía. Sólo nosotros pasamos

como un etéreo intercambio por delante de los seres.

(Rainer María Rilke)

Nadie puede retener tus ojos porque nadie existe verdaderamente.

Ellos caminan hacia ese espacio llamado hogar, donde alguien les espera con la luz encendida.

Avanzan con un fin: no quieren estar solos, no saben, no celebran la soledad del pentagrama, del libro por besar, de las uñas mordidas.

La soledad no es una asignatura que se enseñe en las escuelas; hay que memorizar la lista de las preposiciones.

Sólo los niños raros permanecen solos a la hora del recreo mirando desde lejos el columpio vacío.

Nadie puede retener en sus ojos otros ojos porque tienen miedo de la piel cuando arde y es frontera.

Yo amo la extrañeza de los seres que son incendio y son delirio y cuyos pasos tropiezan, seducen al andar por su terca valentía.