“Como si rastrear el cielo fuera saber / alguna cosa”: acotaciones para sentir nuestro el mundo por extenso*

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Porque no sabemos qué nos espera al levantar los ojos hacia el cielo, porque ni siquiera sabemos si lo que miramos es el cielo y su memoria. En el borde del ser despunta el primer interrogante. ¿Y si desconocemos dónde suceden las cosas, dónde ocurrimos cada tanto, qué nos ata con urgencia a la vida? ¿Qué hilo? ¿Qué cuerda? ¿Qué textura en la piel?

Leo: “El ser que sólo sabe su constancia / en la tensión con lo definitivo”. Vivir es hacerse preguntas, sentir preciso un temblor en el párpado. “Muerte que es miedo de morir” o “la cancelación del tiempo en un instante”. Impetuosidad calculada. La escritura de Javier Vicedo Alós aterra por su rotundidad, por su certeza. “Vivir es estar preparándose siempre”. Escribir es todo lo contrario: no estar preparado para nada, y a pesar de todo, imprimir un verso en el papel, un poema en una pared blanca.

Fidelidad de una sombra es un libro de color blanco, blanco quebranto y blanco pureza. No quiero ponerme filológica ni académica ni nada que termine en “ica” así que me limitaré a ser sincera: este libro es una canción, un canto entonado por un hombre que es vencido por el mundo, pero que está tan ligado a él que forman una sola entidad. En la cara está el mundo infinito, y en su envés, la persona minúscula, frágil, que se sostiene erguida.

La articulación del ritmo es tan perfecta como pueden serlo los ritmos vitales. Como la ropa que otro ha dejado tendida, Javier extiende su mano hacia una realidad que está plagada de espejismos, donde reina “la obsesiva ilusión de tener y de tenernos”. No es sencillo participar de este mundo; de ahí la lucha, que es su lucha y la nuestra: “la necesidad del latido / de transformarse / en golpe y muesca, / gesto y mundo”.

Si escribir es encender un fósforo en mitad de la noche, leer es descubrir que estamos hechos de matices de luz y cavidades de sombra. Leer es un acto de fidelidad para con la vida, para con el mundo en su extensión absoluta. Un placer sin límites para quienes nunca nos cansamos de otear el horizonte.

*Escrito a raíz de Fidelidad de una sombra de Javier Vicedo Alós (Pre-Textos 2015)

Última carta al norte

Te amé pequeña y borrosa sobre el agua estancada.

Labios tropezando en labios como peces desnudos, carentes de sonido, peces sílaba y peces pensamiento.

Libre aturdida máscara baila en la piel despojada de hueso.

Hay un agujero de sal en el centro del bosque en el medio del cráneo. Y el musgo es mío pero crece en el lado opuesto al de la oscuridad.

He dormido bajo un abrigo de insectos con las patas enfermas mientras recordaba un poema en el que no regresaba.

Queda en las uñas el regusto del fango. Allí donde nunca dije que anhelaba ser tú para lamer mis heridas y volver habitable el silencio tremendo:

silencio tan alto    -la última carta-    Silencio boreal.

Lo que hay después del frío

El dolor no tiene un patrón: es mi cuerpo.

La mujer de la voz delgada repite, me repite: no sobredimensiones el dolor; la mujer de ojos animales masculla: no te hagas una piedra, no dejes que avance el hielo.

Ahora mi pecho como un baúl de mariposas muertas. Ahora el silencio deseado pero nunca del todo comprendido. Ahora la desintegración, lo roto, el fragmento.

Los ojos del otro lado del espejo son los ojos de la no-posesión, del invierno latente.

Ojos del color de la muerte de color blanco.

Y mientras tanto sentir vacío el hueco de la cama donde nadie ha dormido. Saber torpe una presencia sobre el vello en la nuca. Añorar vida en la brecha insoportable del sexo.

Una mujer con las manos escarcha me ha tendido su mano tras mirarme por dentro.

La niebla es densa. La carne, opaca.

Yo sólo quiero estar viva, recuperar el habla, volver a amar.