“Tendré que ser, por fin, / el fino deshacerse de mi cuerpo”: la escritura a partir de la caída

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Apoptosis, Lidia Gómez Pérez (Legados Ediciones 2015) 

 

De pronto, la desaparición, lo no dicho, el paso del ser al no ser.

            Un hueco. No, no un hueco: el hueco. Ella es consciente, ella lo sabe, reconoce esta oquedad dentro y clama, necesita decir, esgrime un balbuceo: “Deseé tener alas un instante”. Pero aún no ha llegado el momento, las palabras se deslizan por entre los dedos, ruedan sobre la página. Pronuncia este lenguaje insuficiente, una: “porque te nombro / desde los límites / que no me alcanzan.”, dos: “pero aun así repito/ cada sílaba y traen / pequeños trozos de vida que ya fue.”, tres veces: ¿Cómo nombran la muerte / los que se han ido? / ¿Dónde el salto de agua, / el caer de los párpados?

            La herida es lo que no se ve. La ausencia es lo que no se ve. La poeta camina sobre las aceras cotidianas, contempla el ritmo-vértigo de la gran ciudad, y no se reconoce en las multitudes, puesto que ellas encarnan la ligereza, el gozo perceptible, la materialidad de las cosas, no su contingencia, lo que está a punto de y no siempre retenemos en los ojos. Estalla así: “Por la angustia nadie brinda”. Una bandada de pájaros que atraviesa el cielo puede ser un acontecimiento importante, algo que nos impele a la sacralidad. “Lazo sin nudo” hace referencia a todas las vivencias exteriores, observadas bajo la óptica de quien mira más allá. Lidia Gómez Pérez retrata de un solo brochazo/ verso, la morfología del mundo, en el que los ojos aparecen como úteros vacíos y las bocas son espátulas dobladas que no alcanzan a dar fruto.

            La poesía es una llamada imperiosa y he aquí su llamada, que se columpia entre una luz intermitente y breves punzadas de nihilismo: “Ofrécenos un verbo / aunque no diga nada. / Muestra qué es lo que queda / tras deslizar los dientes / por un sexo.” Lidia explora a través del lenguaje, como ya hizo Alejandra Pizarnik, la frontera entre el signo y su referente, entre la identidad y un cuerpo tangible que, como la palabra, tiende a deshacerse: “las fronteras son / entre el sujeto     y     su carne. // Pero también se erige como límite / esta distancia recta hasta tus ojos.”

            Finalmente, la claridad, el empeño humano en volver a emerger a la superficie, los retazos de belleza que antes se ocultaban al otro lado. Como una granada abierta, rojísima, los versos se vuelven próximos, dejan una mancha en el lector, “un palpitar de aceite sobre tela, / la textura imborrable de lo que no se agota.” Sobreviene la alegría de los pequeños milagros cotidianos, y la voz se atreve a pronunciar palabras placenteras como: “libros, labios. Espacios / de tinta y agua”. El dolor se erige como una posibilidad rechazada, y la mujer, ahora sí, enarbola sus últimas palabras como alas innegables. Ha encontrado su lugar, ahora puede articular su grito: “Soy el tiempo que me corresponde, / descansada, por fin, / olvido los paisajes.”

            Con Apoptosis Lidia Gómez rehace un camino para estrenar la vida.

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Caritura de un yo: la ceguera

La escritura es el sedimento,

lo que queda cuando ya no queda nada,

-hacerse fuerte en la muralla del decir-.

 

Ingravidez oscura del  latido. Carámbano y cincel.

¿Desgarradura?

desgarradura en la voz, incisivos de lobo,

que no es lobo sino hombre rasurado,

despojado de un hombro en que llorar, de una mano

guía en la batalla de otro vivir sin destruirse.

 

Desdibujado caes, y cae la máscara, y caen los pedazos

de piel y signaturas. Eres un ser

que no encuentra su ser, rostro

tallado en un cristal de prismas infinitos

y dudas infinitas.

 

Y en la mañana futura arrastrarás tu sombra

con el recuerdo aquel de los pronombres

-habitantes sublimes de un estruendo-.

 

Mañana en la batalla deja hueco a la herida:

la palabra amor no es algo que yo pueda escribir.