Quien dijo maternidad, dijo silencio

No puedo seguir tocando, no puedo seguir tocando por instinto.

(Francesca Woodman)

Déjame hablar puramente de amamantar.

(Clarice Lispector)

Que tu alimento sea esto, al cabo, fugazmente:

voz graznido    manos de par en par    canciones bosque

         un nimbo de cicuta entre los párpados.

                         Tiemblo al invocar el timbre siempre aullido

     el gozo y crepitar de luz emocionada

                tu beso irreductible y su legado.

Basta ya de troquelar espacios, adoquinar

             los sueños, basta de dibujar trapecios de cordura

en las rodillas macilentas.

                       Dices: no puedo seguir tocando, no puedo seguir

tocando por instinto, y hace frío en esta noche

   de todas las preguntas -y ninguna-.

                                    Dices, para colmar mi vaso, y no te creo,

  no puedo creer que haya otro molde     otra envoltura

más perfecta que tú: tacto en silencio.

                    Déjame hablarte puramente,

                 amamantar a los niños que seremos

cuando volvamos a rozar la tierra con los labios.

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Ágora de más vida*

Nada salvo retroceder de nuevo

a estas bocas nuestras de improbable andamiaje.

Es así: cada mes de febrero me concede un amor

que camina descalzo como un niño sobre la espuma del mar.

Entonces, invoco cúspides más rojas.

 

Pero esta envoltura mía nada tiene que ver con el insomnio.

Eso que tientas con tu lengua es mi corteza azul nostalgia,

enfermedad azul, que invita a retorcerse los cabellos uno a uno, las crines.

 

Hay veces que hace falta un tren para unir dos ciudades

que nacieron en puntos opuestos del mapa.

 

Hay veces que me recuerdo dormida

en los brazos de otro animal durmiente.

 

Hay veces – pocas veces-, que pido asilo en el interior de un verso para sobrevivir.

 

*Título extraído de un verso de Antonio Colinas (Desiertos de la luz, 2008)