Transverso y piramidal

Que el amor restituya al gallo del sol nuevo

su cresta arrebatada y su pico voraz.

Y que la sangre busque surcos donde tumbarse:

hito, lucha en sazón, germen de canto.

(Maria Mercè Marçal)

Y que la sangre restalle contra el acantilado de los huesos

mientras alguien que duerme sobre un edredón de asfalto

se amasa los dientes  rebusca en los cubos de blandura

el último pero no por ello menos remediable germen:

amor   amor     cresta de gallo amor    vulva y canto

sazonada bestia con que rompo los límites          sexo y vid

                                        moldura

                              y

                                           hueco

                                sólo el espacio

Amor que ha roto sus falanges al mirar de frente nuestros labios.

De cómo destruir palacios sin alzar la voz

Hija,

corta las patatas en cuadraditos pequeños

la cebolla en gajos grandes para el guiso

una pizca de ajo y perejil

las sábanas la lluvia intermitente los últimos años de mi vida

contra la pared contra el relieve trunco de los huesos

y una voz que no es voz que de pronto se extingue

cae    rueda     se rompe    brama

 

Mamá,

no voy a enhebrar el grito a triturar el miedo a torcer

el gesto ante el hambre gris transformado en bestia

no voy a dejar que cierres las cortinas que olvides

cuánta luz hay dentro de los ojos

-nuestros ojos-

azul             azul

azules

 

ahora tu pincel ya no puede fabricar tal palabra

pero habita todavía en la marea calma de tus cuadros

en el silencio inasible de otro cuerpo poema.

 

La mujer aproximativa

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Este texto no es un prólogo a “Regalar el exilio” de Emily Roberts, aunque aparezca al comienzo del mismo.
Este texto no es más que un poema escrito tras la lectura de este libro o pequeña maravilla donde quedarse a vivir. 
Querer quedarse queriendo irse.
(Alejandra Pizarnik)

 

            Huir del lugar que otros decidieron tuyo. Crecer sintiendo en las manos un perfume extranjero. Volar lejos de tu casa porque no es tu casa, –no lo es hasta que piensas en ella a cientos de kilómetros y en un idioma diferente–. Ella lo sabe. Ella está buscando su origen. Es un animal de huida. Ella dice en voz alta: “tanteo a oscuras / cómo pertenecer” y “corremos desnudas por esta tierra nueva / rogando / que nos reclame”. Emprende un largo viaje hacia afuera, viaje que le lleva hacia dentro, hacia los intersticios del ser.

Mientras tanto, llena de nada las maletas, tiene en los labios el sabor de la no-pertenencia, se adentra en el bosque aunque su meta sea el desierto.

            Sonríes como un día sonrió ella. Ella lejos de sí misma avanza hacia el único rincón que le pertenece totalmente: los recuerdos. Bucea en la infancia, espacio mítico no por lo hermoso, sino de puro terrible y obsceno. Ella se estremece porque sabe que no ha cambiado tanto; le siguen doliendo las personas en sus muchas cicatrices. Le duelen porque han sido malas y buenas. Ella también ha sido mala y buena. Pero no ha sabido curarse, por eso vuelve a los mismos lugares aunque les hayan cambiado los nombres.

Y los pone por escrito.

            “No busques mi piel. Está lejos.” clama ella. La relatividad de los horizontes y las distancias, de las estaciones de tren y los aeropuertos, de los ríos y los mares. Distancias que dependen de una óptica, de una manera de mirar, de si el beso es en los labios o en las mejillas. Por eso ella abre muchísimo los ojos, se entrega sin necesidad de palabras, con todas y cada una de las palabras. “Aprender a dar, es decir, / a soltar muy fuerte” comprende por fin. Un regalo, un souvenir, algo que ofrecer al otro para que ese otro te lleve consigo adondequiera que vaya. Pero qué regalas y a cambio de qué.

            Ella bucea en su interior y descubre una sutura en la lengua materna. Es entonces cuando decide apropiarse de la ajena, para ser una nueva ella, para forjarse una nueva identidad. “Cuántas yoes habrá en los idiomas que no conozco”. Pero vuelve una y otra vez a la herida, la reconoce por su tacto, quiere perderla pero no, quiere perderse pero no. No: si algo desea en lo más íntimo es ser completamente ella: Emily Roberts.

            Emily –y no ella – siempre está de regreso en algún lugar que amó y en el que fue amada. Utrecht, Madrid, California, Toledo, Ávila, Edimburgo… Ciudades esqueleto, ciudades que recorren su cuerpo por dentro, dan sentido a la vida, a los sentimientos, al poema. En cada ciudad una mujer que podría ser ella en el futuro, pero que tal vez no es sino su yo del pasado. “Tal vez volverás a conocerme en otra ciudad, con el cabello blanco y las manos / inválidas. Tendré las medidas idénticas, mi reloj marcará la hora exacta: ahora mismo”. Sea quien sea, su pulso es firme y su escritura es como quien la escribe: exigente, lúcida, avasalladora.

            Regalar el exilio es regalarse a uno mismo, con la soledad que llevamos instalada en los hombros. Regalar el exilio es entregarse, dar aún más de lo que somos, de lo que hemos sido y de lo que seremos. Regalar el exilio es hablar de amor con las persianas bajadas, seguir regando las flores aunque parezca que no van a salvarse, rozar los párpados de la mujer aproximativa.

            Regalar el exilio es, en fin, mucho más que literatura.

*Regalar el exilio, Emily Roberts (Harpo, 2016)

De la belleza del dolor

 

A Emily, un año después de su falda roja

 

Confusa libertad con la que estamos a punto de medirnos.

Fulgor mujer herida por un clavo intermitente.

Pero siempre habrá un afán derritiéndose entre los brazos, una

mejilla, un labio que se haga dúctil cuando tiembles.

 

Aquí pecho  estremecido    cóncavo   color sangre. 

Recuerda esto y recuerda que estás hecha

para llevar en el vientre   -atravesada-.

 

Nos quebraremos juntas y juntas levantaremos

un nido más cálido    -de nieve-.

Sé tú el jardín remanso, la vieja profecía,

el pájaro que con la sola fuerza de sus alas

se convierte en un bálsamo del aire.

 

Iremos cada vez más alto, cada vez más lejos, hacia

una vida oscura insoportablemente nuestra.