Cuaderno de viaje V

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Despertamos con nidos de cigüeñas en el pelo, allí, allí precisamente, en el último recodo del mundo, -pincel frontera entre los ojos, entraña viva, pellizco más largo del invierno-.

Garabato de sol sobre el cuerpo en penumbra: cuerpo que espera a otro cuerpo, trepa a lo alto del campanario, vocifera su fe con el tacto del alba.

En la plaza, un anciano y un niño cruzan el patio de los naranjos, entran al bar más cercano, toman café y tostadas, dejan tan sólo unas migas.

Caminamos otro siglo, cruzamos épocas. Sobre las calles de piedra una lengua antigua, del norte, va dejando un rastro de fruta fresca y almendras.

En el regreso, tus labios son otros, y otra su textura, otro su acento.

La nieve en la cima de las montañas nos guiña un ojo, sonríe con la dulzura de una madre extraviada.

Hemos tocado el fin pero esto no se termina.

Pintas mi vida en un lienzo del tamaño de una mano. Luego llevas el cuadro a tu pecho y allí levantas tu casa.

Una casa de luz donde puedan anidar las cigüeñas.

Una casa de luz donde habite lo fértil.

 

Plasencia, febrero de 2018

 

 

 

 

 

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