Decir ave dentro

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Escrito a las orillas del lago de Hyde Park (Londres, abril de 2017)

 

Me resguardo y desprendo

de las plumas que sobran

 

Deslizarse como síntoma o presagio

de la vida y lo que la propia vida no

 

Grazno como graznan los cisnes

al rozarse y los patos si se tuercen

con abismo hacia lo hondo

 

No encontrarán si es que buscan

Tendrán que dejarse ir

volar al raso de las aguas del lago

 

Cuerpos que no terminan de nacer todavía.

Cuadernos de viaje II

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Can death be sleep, when life is but a dream,
And scenes of bliss pass as a phantom by?
The transient pleasures as a vision seem,
And yet we think the greatest pain’s to die.
(John Keats)

Puertollano es un espejo. Paisaje que abate los ojos y de pronto no existe. Chimeneas que obligan a decir lo de dentro y callar el resto.

Quise ser la niebla en torno a tu rostro, arrullo en tránsito. Viajamos, nos deslizamos, nos enredamos el uno en el otro hasta que desaparece la línea del horizonte. Somos ángeles sin reino. El latido es lo que prevalece cuando no hay espacio cuando no hay tiempo cuando la única coordenada es piel a través.

Te amo mientras lees esa novela de un autor mejicano y al punto sonríes.

Canto para mí una nana complaciente. Tus brazos, las ramas. Moldeas mi cara. Arrancas, haces pedazos mi cara. Me transparento y diluyo. Soy blanca y obscena como un lienzo falso.

Escribo un poema que se curva con la línea de tu columna vertebral. Poema que siempre está escribiéndose: tu cuerpo vibrátil jamás permanece inmóvil.

Construimos una ciudad con sol para leer en las plazas a la hora de la siesta. Construimos un amor con azulejos, un amor cocido a fuego en el horno vital.

Un golpeteo. Toda la noche, un golpeteo. El misterio es una madeja y nosotros tiramos del hilo, tiramos. A la mañana, el ovillo es grande y el silencio también.

Los pájaros se reúnen se agolpan se gritan unos a otros a última hora de la tarde en la lengua del Guadalquivir. Yo participo de su estruendo. La vorágine.

Te amé como las palomas buscan refugio bajo los arcos de la mezquita.

Te amé con el color rojo del dolor y de la sangre, con el rojo de la violencia y de la fruta madura. Te amé con el color de la herida para no pensar en la herida.

Hoy la casa está vacía. No entra el rumor ni la luz ni la belleza.

Se ha liberado el trino.

Cuadernos de viaje

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A Raúl
A Clarice Lispector

Vuelvo a soñar con esto: vida dentro del agua.

Me dejo fluir escritura abajo como la cascada a la que asistimos entonces, de pronto interrumpida. Deseo sólido, paralizado y remoto. Nos escucho caminar lento, con los pies pesados, la mirada turbia. Hundido todo, quedan en la superficie los rescoldos de fe. Algo, algo extraño: un cuaderno del viaje a la ceguera.

Cómo pude quedarme allí mirando el agua en lugar de saltar dentro, como quien se salva en el último instante. Agua que sana, agua que salva. Orificios de la vida inconsciente. El sueño de nuevo: esto es real es mi pensamiento líquido que ahora fluye, como la dedicatoria en aquel libro, como un mantra, muchas veces: tú estás en estos versos, tú estás en estos, tú estás en… 

Oh acariciar con la lengua del agua lo que queda de ti: estrías sobre la piel.

Y otro recomenzar del mundo desde las ruinas, haciéndose con la paciencia con que se teje un jersey, puntada a puntada, reclamo a reclamo.

 

 

El viaje más largo

Un hombre desciende la colina en el borde de un paraguas

Deseo que haya luz suficiente para intuir el humo de otro idioma

Pero es blanco el perfume del niño que amé

Retengo la primera gota en la punta de la lengua como una forma de decirme adiós

Todos los árboles esperan un roce de pájaro una caricia oxidada

Todas las cruces serán verdes y nos dolerán en los ojos cuando ignoremos a quién llevamos dentro

Y no es el tiempo que pasa, somos nosotros quienes vamos haciéndonos niebla

Eras el sueño hecho cuerpo en el quicio de una puerta oyéndome llorar

El amor no nos escoge con el dedo índice, sino con todos y cada uno de los dedos

Me senté a mirar por la ventana cómo avanzaba hacía mí el viaje más largo

He jugado y he vivido: tumor de la inmovilidad.

Lo errante

Apelar a la soledad

Dejar la puerta abierta para que entre

No este calor de ahora sino el de entonces:

la hoguera y sus acompañantes

La impaciencia la mano en la garganta

saberse esperada en un lugar extraño

y en un idioma diferente

Apelar a la soledad  a la mujer íntima

sentir su aliento en la nuca mientras la vida alcance.

Pensamientos itinerantes

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Porque más allá de esta cumbre hay otra cumbre, aún más blanca. Vivamos con la tarea única de enloquecer.

Si inclino el rostro, el mundo se abre paso; si extiendo los ojos, cada objeto toma su forma. La palabra se hace útil.

Avanzo con los párpados canal adentro, y las casas flotan a ambos lados. Nada se sostiene: todo lo devora el agua.

Me afano en rastrear la huella de una mascarada deslumbrante. Tal vez al desatar las cintas de este antifaz sereno consiga descubrir qué se oculta en ese otro lado, si es que acaso existe algo parecido a una orilla distinta.

Preciado deseo de anonimato, esencia húmeda, iracunda, de estar nadando en sentido opuesto al que debería. Pero no. No más deber sin antes querer realmente, con autenticidad.

Escribo con esta desnudez propia de no saberse del todo parte de ningún lugar.

Escribo este viaje de silencio en el que la palabra sólo es posible de vuelta a lo cercano, a lo conocido, una vez recuperado el incierto don de quien mira el tiempo, y lo observa con curiosidad y una pizca de miedo, casi angustia, casi llanto, susurro y tregua.

Escribo cuando todo se ha derramado y ya no queda nada por vivir.