Cuaderno de viaje V

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Despertamos con nidos de cigüeñas en el pelo, allí, allí precisamente, en el último recodo del mundo, -pincel frontera entre los ojos, entraña viva, pellizco más largo del invierno-.

Garabato de sol sobre el cuerpo en penumbra: cuerpo que espera a otro cuerpo, trepa a lo alto del campanario, vocifera su fe con el tacto del alba.

En la plaza, un anciano y un niño cruzan el patio de los naranjos, entran al bar más cercano, toman café y tostadas, dejan tan sólo unas migas.

Caminamos otro siglo, cruzamos épocas. Sobre las calles de piedra una lengua antigua, del norte, va dejando un rastro de fruta fresca y almendras.

En el regreso, tus labios son otros, y otra su textura, otro su acento.

La nieve en la cima de las montañas nos guiña un ojo, sonríe con la dulzura de una madre extraviada.

Hemos tocado el fin pero esto no se termina.

Pintas mi vida en un lienzo del tamaño de una mano. Luego llevas el cuadro a tu pecho y allí levantas tu casa.

Una casa de luz donde puedan anidar las cigüeñas.

Una casa de luz donde habite lo fértil.

 

Plasencia, febrero de 2018

 

 

 

 

 

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Cuaderno de viaje IV

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El Barco de Ávila, diciembre de 2017.

 

A Inés, Clara y Gema H.

 

Lo que no se ve: aquello que se queda suspendido sobre el campo como niebla.

Voces torpe trenza de humo. Por entre los cabellos el silbido de un panal de abejas.

No volverás a verme con las gafas de haber leído mucho,

-y el frío de la casa nos envuelve-.

¿Adónde iréis ahora? ¿Qué ruta tomaremos

una vez haya caído la manta que cubría los temblores?

Dicen que en este pueblo una mujer alimentaba a los animales con la boca.

Somos aprendices y ensayamos hasta el sueño.

Ella nunca quiso parecer una estatua y amoldaba los ojos al crujir de los bosques.

Reía.

Dulce fuente de estaño: amor con cada golpe en la lengua.

 

Cuaderno de viaje III

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Fotografía analógica del Parlamento de Budapest, julio de 2017

 

Lento como una cúpula en los ojos al envejecer el día. Llanto que cruje con las vías, con la fe disimulada de las naves. Ah, la sed de un imperio en la exhibición de sus más tiernos desconchones. Este cielo del color de la cáscara recupera la tibieza del cuerpo y la vuelca hacia afuera. Sólo somos lo que queda al cabo: cenizas.

Has recorrido esta ciudad como si estuvieras buscando sus llaves sin misterio.

Danubio que en las manos ladras.

Eres un cuerpo que duda de sus comensales, la piel puesta a tender bajo los puentes como una bandera invertida.

Diatriba entre significado y significante. Emborronas cuadernos con palabras que entiendes por su construcción primitiva. La belleza del fonema, la belleza de lo representado en la mente. Aquí, la palabra extranjero no parece extranjera.

Te preguntas incesantemente: te respondes pájaros, aves discontinuas.

Has subido hasta lo más alto de Óbuda para mirar desde ahí a tu yo abandonado. Una vez allí, decides no ver; sigues adelante con un dolor nuevo, que adopta hermosas posturas, voluptuosos relieves.

La escritura es un viaje muy lento que sólo a veces coincide con el tiempo del mundo.

Como si este último fuese -acaso- real.

 

 

 

 

 

 

 

 

Decir ave dentro

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Escrito a las orillas del lago de Hyde Park (Londres, abril de 2017)

 

Me resguardo y desprendo

de las plumas que sobran

 

Deslizarse como síntoma o presagio

de la vida y lo que la propia vida no

 

Grazno como graznan los cisnes

al rozarse y los patos si se tuercen

con abismo hacia lo hondo

 

No encontrarán si es que buscan

Tendrán que dejarse ir

volar al raso de las aguas del lago

 

Cuerpos que no terminan de nacer todavía.

Cuadernos de viaje II

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Can death be sleep, when life is but a dream,
And scenes of bliss pass as a phantom by?
The transient pleasures as a vision seem,
And yet we think the greatest pain’s to die.
(John Keats)

Puertollano es un espejo. Paisaje que abate los ojos y de pronto no existe. Chimeneas que obligan a decir lo de dentro y callar el resto.

Quise ser la niebla en torno a tu rostro, arrullo en tránsito. Viajamos, nos deslizamos, nos enredamos el uno en el otro hasta que desaparece la línea del horizonte. Somos ángeles sin reino. El latido es lo que prevalece cuando no hay espacio cuando no hay tiempo cuando la única coordenada es piel a través.

Te amo mientras lees esa novela de un autor mejicano y al punto sonríes.

Canto para mí una nana complaciente. Tus brazos, las ramas. Moldeas mi cara. Arrancas, haces pedazos mi cara. Me transparento y diluyo. Soy blanca y obscena como un lienzo falso.

Escribo un poema que se curva con la línea de tu columna vertebral. Poema que siempre está escribiéndose: tu cuerpo vibrátil jamás permanece inmóvil.

Construimos una ciudad con sol para leer en las plazas a la hora de la siesta. Construimos un amor con azulejos, un amor cocido a fuego en el horno vital.

Un golpeteo. Toda la noche, un golpeteo. El misterio es una madeja y nosotros tiramos del hilo, tiramos. A la mañana, el ovillo es grande y el silencio también.

Los pájaros se reúnen se agolpan se gritan unos a otros a última hora de la tarde en la lengua del Guadalquivir. Yo participo de su estruendo. La vorágine.

Te amé como las palomas buscan refugio bajo los arcos de la mezquita.

Te amé con el color rojo del dolor y de la sangre, con el rojo de la violencia y de la fruta madura. Te amé con el color de la herida para no pensar en la herida.

Hoy la casa está vacía. No entra el rumor ni la luz ni la belleza.

Se ha liberado el trino.

Cuadernos de viaje

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A Raúl
A Clarice Lispector

Vuelvo a soñar con esto: vida dentro del agua.

Me dejo fluir escritura abajo como la cascada a la que asistimos entonces, de pronto interrumpida. Deseo sólido, paralizado y remoto. Nos escucho caminar lento, con los pies pesados, la mirada turbia. Hundido todo, quedan en la superficie los rescoldos de fe. Algo, algo extraño: un cuaderno del viaje a la ceguera.

Cómo pude quedarme allí mirando el agua en lugar de saltar dentro, como quien se salva en el último instante. Agua que sana, agua que salva. Orificios de la vida inconsciente. El sueño de nuevo: esto es real es mi pensamiento líquido que ahora fluye, como la dedicatoria en aquel libro, como un mantra, muchas veces: tú estás en estos versos, tú estás en estos, tú estás en… 

Oh acariciar con la lengua del agua lo que queda de ti: estrías sobre la piel.

Y otro recomenzar del mundo desde las ruinas, haciéndose con la paciencia con que se teje un jersey, puntada a puntada, reclamo a reclamo.

 

 

El viaje más largo

Un hombre desciende la colina en el borde de un paraguas

Deseo que haya luz suficiente para intuir el humo de otro idioma

Pero es blanco el perfume del niño que amé

Retengo la primera gota en la punta de la lengua como una forma de decirme adiós

Todos los árboles esperan un roce de pájaro una caricia oxidada

Todas las cruces serán verdes y nos dolerán en los ojos cuando ignoremos a quién llevamos dentro

Y no es el tiempo que pasa, somos nosotros quienes vamos haciéndonos niebla

Eras el sueño hecho cuerpo en el quicio de una puerta oyéndome llorar

El amor no nos escoge con el dedo índice, sino con todos y cada uno de los dedos

Me senté a mirar por la ventana cómo avanzaba hacía mí el viaje más largo

He jugado y he vivido: tumor de la inmovilidad.