La mujer aproximativa

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Este texto no es un prólogo a “Regalar el exilio” de Emily Roberts, aunque aparezca al comienzo del mismo.
Este texto no es más que un poema escrito tras la lectura de este libro o pequeña maravilla donde quedarse a vivir. 
Querer quedarse queriendo irse.
(Alejandra Pizarnik)

 

            Huir del lugar que otros decidieron tuyo. Crecer sintiendo en las manos un perfume extranjero. Volar lejos de tu casa porque no es tu casa, –no lo es hasta que piensas en ella a cientos de kilómetros y en un idioma diferente–. Ella lo sabe. Ella está buscando su origen. Es un animal de huida. Ella dice en voz alta: “tanteo a oscuras / cómo pertenecer” y “corremos desnudas por esta tierra nueva / rogando / que nos reclame”. Emprende un largo viaje hacia afuera, viaje que le lleva hacia dentro, hacia los intersticios del ser.

Mientras tanto, llena de nada las maletas, tiene en los labios el sabor de la no-pertenencia, se adentra en el bosque aunque su meta sea el desierto.

            Sonríes como un día sonrió ella. Ella lejos de sí misma avanza hacia el único rincón que le pertenece totalmente: los recuerdos. Bucea en la infancia, espacio mítico no por lo hermoso, sino de puro terrible y obsceno. Ella se estremece porque sabe que no ha cambiado tanto; le siguen doliendo las personas en sus muchas cicatrices. Le duelen porque han sido malas y buenas. Ella también ha sido mala y buena. Pero no ha sabido curarse, por eso vuelve a los mismos lugares aunque les hayan cambiado los nombres.

Y los pone por escrito.

            “No busques mi piel. Está lejos.” clama ella. La relatividad de los horizontes y las distancias, de las estaciones de tren y los aeropuertos, de los ríos y los mares. Distancias que dependen de una óptica, de una manera de mirar, de si el beso es en los labios o en las mejillas. Por eso ella abre muchísimo los ojos, se entrega sin necesidad de palabras, con todas y cada una de las palabras. “Aprender a dar, es decir, / a soltar muy fuerte” comprende por fin. Un regalo, un souvenir, algo que ofrecer al otro para que ese otro te lleve consigo adondequiera que vaya. Pero qué regalas y a cambio de qué.

            Ella bucea en su interior y descubre una sutura en la lengua materna. Es entonces cuando decide apropiarse de la ajena, para ser una nueva ella, para forjarse una nueva identidad. “Cuántas yoes habrá en los idiomas que no conozco”. Pero vuelve una y otra vez a la herida, la reconoce por su tacto, quiere perderla pero no, quiere perderse pero no. No: si algo desea en lo más íntimo es ser completamente ella: Emily Roberts.

            Emily –y no ella – siempre está de regreso en algún lugar que amó y en el que fue amada. Utrecht, Madrid, California, Toledo, Ávila, Edimburgo… Ciudades esqueleto, ciudades que recorren su cuerpo por dentro, dan sentido a la vida, a los sentimientos, al poema. En cada ciudad una mujer que podría ser ella en el futuro, pero que tal vez no es sino su yo del pasado. “Tal vez volverás a conocerme en otra ciudad, con el cabello blanco y las manos / inválidas. Tendré las medidas idénticas, mi reloj marcará la hora exacta: ahora mismo”. Sea quien sea, su pulso es firme y su escritura es como quien la escribe: exigente, lúcida, avasalladora.

            Regalar el exilio es regalarse a uno mismo, con la soledad que llevamos instalada en los hombros. Regalar el exilio es entregarse, dar aún más de lo que somos, de lo que hemos sido y de lo que seremos. Regalar el exilio es hablar de amor con las persianas bajadas, seguir regando las flores aunque parezca que no van a salvarse, rozar los párpados de la mujer aproximativa.

            Regalar el exilio es, en fin, mucho más que literatura.

*Regalar el exilio, Emily Roberts (Harpo, 2016)

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“Tendré que ser, por fin, / el fino deshacerse de mi cuerpo”: la escritura a partir de la caída

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Apoptosis, Lidia Gómez Pérez (Legados Ediciones 2015) 

 

De pronto, la desaparición, lo no dicho, el paso del ser al no ser.

            Un hueco. No, no un hueco: el hueco. Ella es consciente, ella lo sabe, reconoce esta oquedad dentro y clama, necesita decir, esgrime un balbuceo: “Deseé tener alas un instante”. Pero aún no ha llegado el momento, las palabras se deslizan por entre los dedos, ruedan sobre la página. Pronuncia este lenguaje insuficiente, una: “porque te nombro / desde los límites / que no me alcanzan.”, dos: “pero aun así repito/ cada sílaba y traen / pequeños trozos de vida que ya fue.”, tres veces: ¿Cómo nombran la muerte / los que se han ido? / ¿Dónde el salto de agua, / el caer de los párpados?

            La herida es lo que no se ve. La ausencia es lo que no se ve. La poeta camina sobre las aceras cotidianas, contempla el ritmo-vértigo de la gran ciudad, y no se reconoce en las multitudes, puesto que ellas encarnan la ligereza, el gozo perceptible, la materialidad de las cosas, no su contingencia, lo que está a punto de y no siempre retenemos en los ojos. Estalla así: “Por la angustia nadie brinda”. Una bandada de pájaros que atraviesa el cielo puede ser un acontecimiento importante, algo que nos impele a la sacralidad. “Lazo sin nudo” hace referencia a todas las vivencias exteriores, observadas bajo la óptica de quien mira más allá. Lidia Gómez Pérez retrata de un solo brochazo/ verso, la morfología del mundo, en el que los ojos aparecen como úteros vacíos y las bocas son espátulas dobladas que no alcanzan a dar fruto.

            La poesía es una llamada imperiosa y he aquí su llamada, que se columpia entre una luz intermitente y breves punzadas de nihilismo: “Ofrécenos un verbo / aunque no diga nada. / Muestra qué es lo que queda / tras deslizar los dientes / por un sexo.” Lidia explora a través del lenguaje, como ya hizo Alejandra Pizarnik, la frontera entre el signo y su referente, entre la identidad y un cuerpo tangible que, como la palabra, tiende a deshacerse: “las fronteras son / entre el sujeto     y     su carne. // Pero también se erige como límite / esta distancia recta hasta tus ojos.”

            Finalmente, la claridad, el empeño humano en volver a emerger a la superficie, los retazos de belleza que antes se ocultaban al otro lado. Como una granada abierta, rojísima, los versos se vuelven próximos, dejan una mancha en el lector, “un palpitar de aceite sobre tela, / la textura imborrable de lo que no se agota.” Sobreviene la alegría de los pequeños milagros cotidianos, y la voz se atreve a pronunciar palabras placenteras como: “libros, labios. Espacios / de tinta y agua”. El dolor se erige como una posibilidad rechazada, y la mujer, ahora sí, enarbola sus últimas palabras como alas innegables. Ha encontrado su lugar, ahora puede articular su grito: “Soy el tiempo que me corresponde, / descansada, por fin, / olvido los paisajes.”

            Con Apoptosis Lidia Gómez rehace un camino para estrenar la vida.

Un collage de miradas escogidas, “construida ya toda esta intemperie*”

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Nada extraordinario de Juan Bello Sánchez

Todo es extraordinario:

hablo de la noche, del dolor, del frío resumido en las aceras de una ciudad que podría ser Santiago de Compostela, o Buenos Aires, o Madrid. También, por qué no, reconozco el calor que guarda el fondo del mar, -me lo han dicho los dedos al hurgar en un recodo del día, cuando todo se agota y es posible el pasado pero ante todo, es posible la nada-.

Repito: la nada.

Detalles imperecederos quedan grabados en la retina. A fuego vivo, vivísimo. Él camina por el filo de un instante concreto: “y el cielo sigue ocurriendo: a veces / manchas azules, / a veces manchas grises, / a veces manchas doradas”. Pienso fugazmente en la catedral de Rouen y en sus colores que no son tales; Monet allí delante, consagrado a la observancia, puntual y embrutecido por los designios de la luz. Pero no es el pintor quien interpela, quien lastima mis ojos, sino el poeta.

Que las cosas son gráciles y más si tratas de detenerlas. “Las cartas llegan siempre / desde algún punto del pasado, pienso. / Y el pasado es un barco / que no termina nunca de hundirse”. Allí en la mente, donde crecen árboles de los que caen preguntas, y una ventana puede significar todo menos estar a salvo. Un lenguaje superador de los miedos, un pedazo de piel capaz de convertirse en instrumento de percusión.

Rotundidad. Simplicidad.

Destreza.

Entonces alguien habla de sí mismo desde la ausencia. Entonces los pasillos llenos de objetos, la plaza vacía o el transeúnte que ama la lluvia de la que huye, y por esa razón corre más despacio. Más de lo que debería.

Estás solo y adentro una vida se tambalea. Comprendes la belleza de lo monstruoso y, no comprendes, sin embargo, que otros no sepan ver tanto. Sí Mark Strand o Charles Simic. Dos ideas de eternidad, o tres, o un centenar. “Te hablo de un bosque que sólo es útil para un incendio. / Te hablo de un edificio que se desploma / y nadie escucha su canción”.

Saber mirar el mundo es también poder escribirlo. Así lo hace Juan Bello Sánchez.

*Sobre “Nada extraordinario” de Juan Bello Sánchez (Pre-textos 2015, XVI Premio Internacional de Poesía Emilio Prados)

 

“Como si rastrear el cielo fuera saber / alguna cosa”: acotaciones para sentir nuestro el mundo por extenso*

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Porque no sabemos qué nos espera al levantar los ojos hacia el cielo, porque ni siquiera sabemos si lo que miramos es el cielo y su memoria. En el borde del ser despunta el primer interrogante. ¿Y si desconocemos dónde suceden las cosas, dónde ocurrimos cada tanto, qué nos ata con urgencia a la vida? ¿Qué hilo? ¿Qué cuerda? ¿Qué textura en la piel?

Leo: “El ser que sólo sabe su constancia / en la tensión con lo definitivo”. Vivir es hacerse preguntas, sentir preciso un temblor en el párpado. “Muerte que es miedo de morir” o “la cancelación del tiempo en un instante”. Impetuosidad calculada. La escritura de Javier Vicedo Alós aterra por su rotundidad, por su certeza. “Vivir es estar preparándose siempre”. Escribir es todo lo contrario: no estar preparado para nada, y a pesar de todo, imprimir un verso en el papel, un poema en una pared blanca.

Fidelidad de una sombra es un libro de color blanco, blanco quebranto y blanco pureza. No quiero ponerme filológica ni académica ni nada que termine en “ica” así que me limitaré a ser sincera: este libro es una canción, un canto entonado por un hombre que es vencido por el mundo, pero que está tan ligado a él que forman una sola entidad. En la cara está el mundo infinito, y en su envés, la persona minúscula, frágil, que se sostiene erguida.

La articulación del ritmo es tan perfecta como pueden serlo los ritmos vitales. Como la ropa que otro ha dejado tendida, Javier extiende su mano hacia una realidad que está plagada de espejismos, donde reina “la obsesiva ilusión de tener y de tenernos”. No es sencillo participar de este mundo; de ahí la lucha, que es su lucha y la nuestra: “la necesidad del latido / de transformarse / en golpe y muesca, / gesto y mundo”.

Si escribir es encender un fósforo en mitad de la noche, leer es descubrir que estamos hechos de matices de luz y cavidades de sombra. Leer es un acto de fidelidad para con la vida, para con el mundo en su extensión absoluta. Un placer sin límites para quienes nunca nos cansamos de otear el horizonte.

*Escrito a raíz de Fidelidad de una sombra de Javier Vicedo Alós (Pre-Textos 2015)

“Despiojar certezas al tiempo”: una brecha donde mirar el mundo desde los vértices*

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            A veces creemos que han quedado muy atrás los años en los que vivir era sentarse en el interior de un caleidoscopio y absorber los destellos de color provocados por un juego de espejos. A veces, sí, olvidamos que estamos hechos de piezas diminutas que encajan de manera más o menos perfecta, y que estas piezas no son sino el eco de una luz gastada que viene de otro tiempo, y de un espacio diferente, e incluso de una sensación de rostros, en ocasiones de trazo irregular.

            De lo que estoy tratando de hablar es precisamente de los bordes, de los límites entre una edad y otra, un niño-adolescente y un niño-adulto o un niño-anciano. Recuerdo los “bordes dentados de las cosas” que invoca Alejandra Pizarnik mientras descubro una voz nueva, la de Javier Temprado y sus ojos atónitos mientras escribe para  darse cuenta de que anhela otro cielo más naranja y que es preciso cavar hasta un lugar donde “hay sonrisas disfrazadas de cicatrices / en las arrugas de los árboles”.

            Como quien apresura el paso cuando la lluvia arrecia y se detiene bajo un agua torrencial, el poeta da forma a una realidad que es la suya pero también es la mía y la del transeúnte anónimo que se enfrenta a la noche y descubre que “sólo asfaltamos las calles / con nuestra memoria”. Porque escribir es rehacer y sobre todo moldear los deseos de otras vidas y su continuo desgarro. Porque escribir es bailar una danza en los vértices del tiempo y tantear el abismo o acariciar con las yemas de los dedos el cabo de una vela que murió mucho antes de que existiera la palabra fuego. Pero hoy quema. Todavía quema.

            El borde de un vientre, la esquina de un nombre, los contornos de la noche: fronteras necesarias para comprender el mundo y tener la certeza de que la poesía, y por tanto, la literatura en su totalidad, convoca a la vida y bebe de sus labios, pero no es la propia vida.

            En la literatura hay algo que nos excede, un anhelo profundo e inalcanzable. El poeta lo sabe. Y aun así, qué hermoso es avanzar hacia él y sentir vértigo.

* Sobre “Los vértices del tiempo”, Javier Temprado Blanquer (La Isla de Siltolá, 2015)

Hablar del dolor desde el dolor: sobre “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan

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Nada se opone a la noche excepto el pulso de la escritura cuando se ha vuelto grito. Desde ahí, instalada en el abismo que es el cuerpo azulado de la madre sin vida, desde ahí surge la palabra y va encontrando un lugar más sereno, con sentido, a pesar de permanecer unida al desgarro de manera irreversible.

Lucile tiene la maldición de la belleza y la maldición de la sensibilidad: ella sabe cuándo tiene que quedarse sola. Al otro lado de la plaza, sus hermanos juegan; ella intuye que en la mirada de su padre hay mucho más que afecto. El silencio camina unido a sus pisadas mientras su rostro de facciones perfectas aparece en las portadas de las revistas de moda infantiles. Nunca oculta su miedo, que es un verdadero pánico ante la pérdida, la ausencia de los que dejan de ser a su alrededor, el mundo cada vez más grande y difuso. Desde muy niña, comparte cama con la desmesura, y así será hasta el final de sus días, tal y como relata su hija, narradora de esta obra de no ficción que no podía dejar de escribir. “¿Basta el miedo para callar?”, se pregunta, nos pregunta. 

Contar una historia supone adoptar un punto de vista. De Vigan habla desde el dolor profundo de ser hija de una mujer que muchas veces no fue la madre que ella habría deseado, una mujer a la que no es fácil abrazar, y a la que teme abrazar por miedo a que se quiebre. Esa mujer que a su vez jamás tuvo una madre, y sufre un gran vacío. “Disparo a quemarropa, y lo sé”, afirma quien escribe. Está poniendo todo el empeño en decir la verdad, su verdad. La fractura de la vida y del cuerpo que se deshace ante el dolor que avanza y oprime y finalmente deriva en algo que podríamos llamar locura, o no. Tal vez no. 

Delphine de Vigan escribe la novela que Lucile, su madre, concibió hace mucho, mucho tiempo, aunque nunca llegase a ver la luz. Aquí está su familia, una familia que pende de un hilo muy delgado, pero que no llega a romperse generación tras generación: el sufrimiento como la herencia más clara y obscena. La muerte detrás de la nuca, su aliento frío, a veces seductor.

Nada -repito- se opone a la noche, excepto la figura luminosa de quien escribe, esa persona que se atreve a decir, y con ello, se salva, e incluso, nos salva.

“Lejos de la luz de la cordura” o cómo hacer justicia a un poemario epistolar

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Nacimiento de Cartas a Gilgamesh de Alberto Rivas

Una carta. Una larga carta en la que se da cuenta de una vida. Una vida que conforma a su vez muchas, cientos de vidas, todas las vidas. Una menestra de verduras en la que siempre hay un ingrediente que sobra: ¿la alcachofa? La vida como una menestra de verduras en la que no todo puede gustarnos, pero que nos han obligado a comer: tanto lo bueno como lo malo. Tragar y masticar, digerir. Alimentarse. Crecer. Seguir creciendo. Y escribir un libro como testimonio de semejante barbarie.

Cartas a Gilgamesh es un poemario vital. Tanto que podría ser el primer poemario de Alberto Rivas (dato que no revelaré) pero también podría ser perfectamente la última de sus obras. Rezan así los dos primeros versos, que no son sino un retrato del héroe Gilgamesh, el héroe legendario, y, al mismo tiempo, aplicables a su autor: “Tienes el don de parecer que no has pasado nunca/ como el tiempo de las piedras”.

Las piedras. Los lectores habrán de seguir el camino de infinitas piedras que ha ido dejando el poeta a lo largo de estas páginas. Pero no se engañen: las piedras no hacen daño, son una guía, algo así como diminutas migas de pan. La experiencia es aquello que asoma en todos y cada uno de los versos, versos que se truncan y en los que se produce un desgarro que es sintáctico pero sobre todo semántico. Más: la antítesis constante en la que nadamos todos, la herida a fuego lento y su soldadura imperfecta, el banquete de la carne y el vacío irreconciliable entre dos cuerpos que se juntan: “te dejas caer pájaro/ al vacío de dos/ a ese abismo boca arriba/ dislocando el tiempo”.

No olvidar: el tono legendario, mítico, pero también el grito del sujeto posmoderno que baila a trompicones entre los vagones de metro y los horrores de la gran urbe que todo lo devora: “mi trabajo es observar /esperarte /decidir las cucharadas de azúcar para el mundo /pensar en que somos tan ciudad /como ciudad es nosotros”.

Los poemas-epístola presentes en estas páginas no sólo nos hablan del ser humano, de las cicatrices que deja la vida en su piel, sino también de una forma de vida, de una opción vital: la del escritor. La literatura es un trabajo visceral, confiesa el poeta: “Todas las palabras que guardo/ en el fondo del estómago”, y hay muchas veces en las que decir algo, ser capaz de decir algo, provoca más angustia que limitarse a enmudecer: “la poesía no me ayuda/ no calma mi ansia del color de los almendros”.

Todas las palabras que escriba serán pocas y serán insuficientes para dar testimonio de una obra como es Cartas a Gilgamesh, un libro de caos disimulado, en el que las posibilidades de lectura son tantas como las voces que podemos encontrar en él. Y es que Alberto, devoto admirador de Fernando Pessoa, a veces se camufla bajo una máscara de lobo, y otras veces deja que se asomen con descaro sus preferencias humanas. ¿Heterónimos? No son necesarios. Todos los hombres quedan reunidos en un solo hombre.  Un hombre al que no le tiembla el pulso al decir: “Todo lo que palabramos/ despenumbra nuestra alma”. Dos versos que poseen una fuerza mayúscula, y que sin duda guardaremos con celo todos los que hemos consagrado un pequeño (pero no por ello menos importante) altar a la poesía.