Postales de un verano por venir

arqueros ciegos apuntando desde el pasado
***
La distancia entre el ojo y el vacío.

 

(Pilar Fraile Amador)

 

Sólo el clamor: roce de agua que al filo de la noche emprende un cauce nuevo.

Ser no consciente.

Hola cuerpo cariz triste envergadura de los hombres que no dan el paso y casi aman.

Oficio de ladrones.       Ronquido  temblor  ave  rasgueo.

Pero la guitarra es mujer y no teme a la oscuridad.

Nosotros y la arena de nosotros.      Su simiente.

Cantamos animales de interior.

Ella volverá del viaje y dormirá en una cama no escogida.

Entonces será el taladro y dirá cuerpos  pronunciará paisajes

y no habrá dónde volver sin pertenencias.

Intuyo el relieve de los días antes de habitar el deseo.

Alguien dibuja en mi rostro un rostro imaginado.

El verano cruje en la última línea de una postal por venir.

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Última carta al norte

Te amé pequeña y borrosa sobre el agua estancada.

Labios tropezando en labios como peces desnudos, carentes de sonido, peces sílaba y peces pensamiento.

Libre aturdida máscara baila en la piel despojada de hueso.

Hay un agujero de sal en el centro del bosque en el medio del cráneo. Y el musgo es mío pero crece en el lado opuesto al de la oscuridad.

He dormido bajo un abrigo de insectos con las patas enfermas mientras recordaba un poema en el que no regresaba.

Queda en las uñas el regusto del fango. Allí donde nunca dije que anhelaba ser tú para lamer mis heridas y volver habitable el silencio tremendo:

silencio tan alto    -la última carta-    Silencio boreal.

Paisaje desfigurado

Fumas desnudo instalado en el vértigo de un vivir desquiciante.

No, no fumas; otro es el rostro y otros los ojos del fumador medianoche.

De nuevo la historia de los sexos como animales de mandíbula contrita.

Tu palabra como un constructo de algo más grande, más verde, más puro.

La sintaxis de tus manos – comederos para aves migratorias,

y adentro el aullido de mil naves de locos para urdir esta espera.

 * * * *

Pero nada de lo que haya escrito es posible:

yo digo la verdad de otra puerta cerrada como una niña temblando.

Fårö

El sol sobre el cuello y tu rostro en penumbra. Sólo así te conozco, te sé – hondamente.

Tu fotografía.

Imagino cómo eras antes de ser tú: lento aprendizaje en los zapatos de cordones, el pelo más largo, tal vez más rubio, más amable y remoto.

(…)

“El azul de tu espalda cruza con pasos firmes la aldea. No, no has retrocedido en el tiempo, sólo habitas en él de forma diferente. Escuchas tu caminar.

Te abismas.

Luego sonríes inexplicablemente. Lo percibo aquí, en el pedazo de piel que avanza desde uñas a nudillos.

No hay espejos en la casa: hay ventanas: miras fuera: no hay un adentro posible.

Corres por entre los animales por una pradera que a veces es pradera y otras veces, denso bosque. Los pájaros, las flores. Los perfumes, los cantos. Sostienes en la palma de la mano una flor muerta. No te atreves a hacer lo mismo con el pájaro.

Aunque parezca extraño, ha dejado de llover. Los gritos con nombre y apellidos han dejado de ser perceptibles. Buscas en tu interior un resquicio de esos gritos que has tenido que acallar, por miedo. Los escuchas. Te escuchas. Duele: cada vez duele menos: ¿dejará algún día de doler…?

Extiendes los ojos más allá de tu propia escritura y comprendes que eres tú quien va haciendo el mundo y no a la inversa. Autoprotección e invierno. Sabes que pronto dará fin el verano aunque sea agosto y las cigarras froten tercamente sus patitas. El verano – lo interrumpido, el verano -los signos de interrogación. El verano -la cosecha.

Y después qué -te preguntas. -Después todo- te escribo”.

La belleza de tu soledad casi mía. No: la belleza de tomar el pincel del futuro con las manos húmedas. Y pintar las letras,

e inventar -casi a ciegas- nuestros respectivos nombres.

Ciudad-estanque, mujer escindida

A Elisabet  

Sendero de tu letra rasgando una brizna de tiempo

Mujer tú que hablas con ojos estanque y vives

en la ciudad de uñas redondas mordidas,

te entregas en pedazos y yo uno esos pedazos con los dedos.

* * * *

Hay flores secas que se adhieren a mis palmas y te encuentro

sentada a la orilla de tu ser insuficiente

No vuelvas la vista atrás cuando escribas tu verde silencio

Deja que regrese el tacto a mis noches rugido

Mira hasta dónde alcanza la línea que desune el cielo y el mar.