Raíces

 

Con una venda en los ojos

nos alumbran nuestras madres

 

Ciegos son nuestros primeros pasos

las palabras primeras

En ellas hay un surco verdadero:

intuición de quien navega el mundo

sin haberlo recorrido dos veces

 

Una palabra pestañeo

o gruñido o bostezo de sol

 

La palabra el deseado visitante

 

Un lenguaje antes

del conocimiento antes

del hallazgo de la ignorancia

 

Con una venda en los ojos

vamos mudando de pieles

 

El tiempo abre las grietas

Dibuja estos jardines, descubre

algunos nombres escogidos

 

Cuando el amor venga

nos cubrirá los ojos con sus manos,

desatará la venda, el nudo de la frente:

 

aprenderemos la luz

fatigaremos la luz

hasta extinguir la niebla.

 

Transverso y piramidal

Que el amor restituya al gallo del sol nuevo

su cresta arrebatada y su pico voraz.

Y que la sangre busque surcos donde tumbarse:

hito, lucha en sazón, germen de canto.

(Maria Mercè Marçal)

Y que la sangre restalle contra el acantilado de los huesos

mientras alguien que duerme sobre un edredón de asfalto

se amasa los dientes  rebusca en los cubos de blandura

el último pero no por ello menos remediable germen:

amor   amor     cresta de gallo amor    vulva y canto

sazonada bestia con que rompo los límites          sexo y vid

                                        moldura

                              y

                                           hueco

                                sólo el espacio

Amor que ha roto sus falanges al mirar de frente nuestros labios.

De cómo destruir palacios sin alzar la voz

Hija,

corta las patatas en cuadraditos pequeños

la cebolla en gajos grandes para el guiso

una pizca de ajo y perejil

las sábanas la lluvia intermitente los últimos años de mi vida

contra la pared contra el relieve trunco de los huesos

y una voz que no es voz que de pronto se extingue

cae    rueda     se rompe    brama

 

Mamá,

no voy a enhebrar el grito a triturar el miedo a torcer

el gesto ante el hambre gris transformado en bestia

no voy a dejar que cierres las cortinas que olvides

cuánta luz hay dentro de los ojos

-nuestros ojos-

azul             azul

azules

 

ahora tu pincel ya no puede fabricar tal palabra

pero habita todavía en la marea calma de tus cuadros

en el silencio inasible de otro cuerpo poema.

 

Quien dijo maternidad, dijo silencio

No puedo seguir tocando, no puedo seguir tocando por instinto.

(Francesca Woodman)

Déjame hablar puramente de amamantar.

(Clarice Lispector)

Que tu alimento sea esto, al cabo, fugazmente:

voz graznido    manos de par en par    canciones bosque

         un nimbo de cicuta entre los párpados.

                         Tiemblo al invocar el timbre siempre aullido

     el gozo y crepitar de luz emocionada

                tu beso irreductible y su legado.

Basta ya de troquelar espacios, adoquinar

             los sueños, basta de dibujar trapecios de cordura

en las rodillas macilentas.

                       Dices: no puedo seguir tocando, no puedo seguir

tocando por instinto, y hace frío en esta noche

   de todas las preguntas -y ninguna-.

                                    Dices, para colmar mi vaso, y no te creo,

  no puedo creer que haya otro molde     otra envoltura

más perfecta que tú: tacto en silencio.

                    Déjame hablarte puramente,

                 amamantar a los niños que seremos

cuando volvamos a rozar la tierra con los labios.

Ágora de más vida*

Nada salvo retroceder de nuevo

a estas bocas nuestras de improbable andamiaje.

Es así: cada mes de febrero me concede un amor

que camina descalzo como un niño sobre la espuma del mar.

Entonces, invoco cúspides más rojas.

 

Pero esta envoltura mía nada tiene que ver con el insomnio.

Eso que tientas con tu lengua es mi corteza azul nostalgia,

enfermedad azul, que invita a retorcerse los cabellos uno a uno, las crines.

 

Hay veces que hace falta un tren para unir dos ciudades

que nacieron en puntos opuestos del mapa.

 

Hay veces que me recuerdo dormida

en los brazos de otro animal durmiente.

 

Hay veces – pocas veces-, que pido asilo en el interior de un verso para sobrevivir.

 

*Título extraído de un verso de Antonio Colinas (Desiertos de la luz, 2008)