Caligrafía del temblor

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Fotografía analógica. Parque de El Retiro, octubre de 2017.

 

Nubes amontonadas sobre el cielo, como grano.

Veloces se destruyen, solo para volver a construirse.

Diluyo los ojos allí, donde la forma es apenas roce,

canto rodado, en la orilla más alta del deseo.

 

Ahora suaves, las manos avanzan;

despacio, nos crean semejantes.

Tizne que segrega el tacto,  dobla el aire.

Inaugura el acto último antes del dolor,

antes del mar.

 

Todo lo que aprendiste sobre el tiempo

hoy serena tus ojos. Fulgor de la materia.

Comprendo su voto de renuncia,

su amor tan frágil: remiendos de nubes.

 

Este invierno las rosas sobreviven.

 

Este invierno es cauce, abre un camino

de asombro sobre el cuerpo: temblor,

promesa de más vida.

 

Este invierno, bajo el ala del arte,

crece el árbol que guarda tu nombre.

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Cuaderno de viaje IV

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El Barco de Ávila, diciembre de 2017.

 

A Inés, Clara y Gema H.

 

Lo que no se ve: aquello que se queda suspendido sobre el campo como niebla.

Voces torpe trenza de humo. Por entre los cabellos el silbido de un panal de abejas.

No volverás a verme con las gafas de haber leído mucho,

-y el frío de la casa nos envuelve-.

¿Adónde iréis ahora? ¿Qué ruta tomaremos

una vez haya caído la manta que cubría los temblores?

Dicen que en este pueblo una mujer alimentaba a los animales con la boca.

Somos aprendices y ensayamos hasta el sueño.

Ella nunca quiso parecer una estatua y amoldaba los ojos al crujir de los bosques.

Reía.

Dulce fuente de estaño: amor con cada golpe en la lengua.

 

Acuarela de la voz

 

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Fotografía analógica. Parque de El Retiro, septiembre de 2017.

 

 

Noche abierta     lejana expedición al Tíbet

 

Tambores  transparencia

los ojos reconcilian y se envuelven

 

Azadas para escarbar la tierra

Lento aprendizaje mineral

 

Yacimiento de cianita

es este credo

 

Una madre hace silencio en la cocina

Si existo es por el sino del durmiente

Paleta de color en estos libros

 

Hubo aquí un animal y fue tibio

acariciar su nuca

colocar sobre el labio los pinceles

bruñir una acuarela de la voz

 

Noche abierta  lejana expedición hacia dentro.

 

 

 

 

Adherencias II

 

Torno vivo de ti

amasando mezclando

el pecho como única herramienta

 

volver los materiales dóciles

a empellones fingir que no es

cuerpo sino casa

 

cerviz lenta

orden lento

 

-esta infinitud extraña-

 

enmudecida tú

hembra sin dientes

me abres a la boca en el espacio

y todo hueco es balsa

 

en este mar fiel

de la carencia

 

en ti paso la noche

ahora que vivo sola y sola

pienso

qué nos pertenecerá entonces

a nosotros

seres de tallo roto

amantes sin remedio de la falta.

Las pescadoras de Mallo

 

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Maruja Mallo, “Mensaje del mar”

 

A Laura Theurer

 

Las redes el cabello de dos niñas pescadoras

que jamás vieron el mar: sólo

aquel dibujo de una isla en la retina.

 

Mientras tejen mientras sus manos

emprenden una vida no escogida,

saben que sus yemas son escamas

y muerden con temblor el mismo anzuelo.

 

Dejarán sus nombres enredados

como peces sin reino y cada noche

pondrá un beso de coral sobre las bocas.

 

En las playas de Chile las mujeres

se desnudan antes de arrojarse al mar.

 

Duelo

 

Inspirado en ‘Seven in bed’ de Louise Bourgeois

 

 

 

Bramo cuerpos uno a ras de otro y no

me pertenece su rastro de ceniza.

 

Rezo -soy el fervor de la madre-

alimento con la leche que no tengo

y hunde tú la frente en mis costuras.

 

Estos niños tienen sed y me succionan

Yo me encojo si me excavan con deseo

sus ojos son de puzle o son de vida.

 

La sed como un óbolo creciente

hace ramas hace brazos de caníbal

 

Y en el último jadeo de mi sueño

me acordono en una manta de metales

 

De tus restos haré ovillo en el armario

mientras gimo si ocelote de la espera.

 

Cuaderno de viaje III

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Fotografía analógica del Parlamento de Budapest, julio de 2017

 

Lento como una cúpula en los ojos al envejecer el día. Llanto que cruje con las vías, con la fe disimulada de las naves. Ah, la sed de un imperio en la exhibición de sus más tiernos desconchones. Este cielo del color de la cáscara recupera la tibieza del cuerpo y la vuelca hacia afuera. Sólo somos lo que queda al cabo: cenizas.

Has recorrido esta ciudad como si estuvieras buscando sus llaves sin misterio.

Danubio que en las manos ladras.

Eres un cuerpo que duda de sus comensales, la piel puesta a tender bajo los puentes como una bandera invertida.

Diatriba entre significado y significante. Emborronas cuadernos con palabras que entiendes por su construcción primitiva. La belleza del fonema, la belleza de lo representado en la mente. Aquí, la palabra extranjero no parece extranjera.

Te preguntas incesantemente: te respondes pájaros, aves discontinuas.

Has subido hasta lo más alto de Óbuda para mirar desde ahí a tu yo abandonado. Una vez allí, decides no ver; sigues adelante con un dolor nuevo, que adopta hermosas posturas, voluptuosos relieves.

La escritura es un viaje muy lento que sólo a veces coincide con el tiempo del mundo.

Como si este último fuese -acaso- real.