“Lejos de la luz de la cordura” o cómo hacer justicia a un poemario epistolar

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Nacimiento de Cartas a Gilgamesh de Alberto Rivas

Una carta. Una larga carta en la que se da cuenta de una vida. Una vida que conforma a su vez muchas, cientos de vidas, todas las vidas. Una menestra de verduras en la que siempre hay un ingrediente que sobra: ¿la alcachofa? La vida como una menestra de verduras en la que no todo puede gustarnos, pero que nos han obligado a comer: tanto lo bueno como lo malo. Tragar y masticar, digerir. Alimentarse. Crecer. Seguir creciendo. Y escribir un libro como testimonio de semejante barbarie.

Cartas a Gilgamesh es un poemario vital. Tanto que podría ser el primer poemario de Alberto Rivas (dato que no revelaré) pero también podría ser perfectamente la última de sus obras. Rezan así los dos primeros versos, que no son sino un retrato del héroe Gilgamesh, el héroe legendario, y, al mismo tiempo, aplicables a su autor: “Tienes el don de parecer que no has pasado nunca/ como el tiempo de las piedras”.

Las piedras. Los lectores habrán de seguir el camino de infinitas piedras que ha ido dejando el poeta a lo largo de estas páginas. Pero no se engañen: las piedras no hacen daño, son una guía, algo así como diminutas migas de pan. La experiencia es aquello que asoma en todos y cada uno de los versos, versos que se truncan y en los que se produce un desgarro que es sintáctico pero sobre todo semántico. Más: la antítesis constante en la que nadamos todos, la herida a fuego lento y su soldadura imperfecta, el banquete de la carne y el vacío irreconciliable entre dos cuerpos que se juntan: “te dejas caer pájaro/ al vacío de dos/ a ese abismo boca arriba/ dislocando el tiempo”.

No olvidar: el tono legendario, mítico, pero también el grito del sujeto posmoderno que baila a trompicones entre los vagones de metro y los horrores de la gran urbe que todo lo devora: “mi trabajo es observar /esperarte /decidir las cucharadas de azúcar para el mundo /pensar en que somos tan ciudad /como ciudad es nosotros”.

Los poemas-epístola presentes en estas páginas no sólo nos hablan del ser humano, de las cicatrices que deja la vida en su piel, sino también de una forma de vida, de una opción vital: la del escritor. La literatura es un trabajo visceral, confiesa el poeta: “Todas las palabras que guardo/ en el fondo del estómago”, y hay muchas veces en las que decir algo, ser capaz de decir algo, provoca más angustia que limitarse a enmudecer: “la poesía no me ayuda/ no calma mi ansia del color de los almendros”.

Todas las palabras que escriba serán pocas y serán insuficientes para dar testimonio de una obra como es Cartas a Gilgamesh, un libro de caos disimulado, en el que las posibilidades de lectura son tantas como las voces que podemos encontrar en él. Y es que Alberto, devoto admirador de Fernando Pessoa, a veces se camufla bajo una máscara de lobo, y otras veces deja que se asomen con descaro sus preferencias humanas. ¿Heterónimos? No son necesarios. Todos los hombres quedan reunidos en un solo hombre.  Un hombre al que no le tiembla el pulso al decir: “Todo lo que palabramos/ despenumbra nuestra alma”. Dos versos que poseen una fuerza mayúscula, y que sin duda guardaremos con celo todos los que hemos consagrado un pequeño (pero no por ello menos importante) altar a la poesía.

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