Lumbres III

Espejo de la voz rompiéndose
cántaro de tu forma lleno
y en las pestañas sal y en los ojos
el hueso
la espera
la aceituna

 

quién soy quién
eres un murmullo late
sobre nosotros
los árboles dilatan nos dilatan
permanecen las raíces los cuerpos
anclados a la tierra oxidados de su olor

 

cavamos lejos para no escuchar
el ruido
el tiempo
el desgaste
lo superfluo
las palabras

 

no deseo la escritura ahora
la dejo fluir
como quien planta un fruto
y lo observa crecer: en silencio

 
avanzo lento muy lento
no tengo prisa por llegar a la otra orilla
despacio con la fe del caracol
que vive y es casa de sí mismo

 

escucho de tus labios
la blanda arquitectura la costra
que se cierra el mapa lo anhelado

 

dibuja en este hueco
la balsa ancla para el aire
un barco que no se hunda
por su propio peso

 

sé tú ese cuerpo paciente
pasaporte y promesa
lumbre
-no digo luz digo lumbre-

brillo constante
tentativa de hogar.

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Transverso y piramidal

Que el amor restituya al gallo del sol nuevo

su cresta arrebatada y su pico voraz.

Y que la sangre busque surcos donde tumbarse:

hito, lucha en sazón, germen de canto.

(Maria Mercè Marçal)

Y que la sangre restalle contra el acantilado de los huesos

mientras alguien que duerme sobre un edredón de asfalto

se amasa los dientes  rebusca en los cubos de blandura

el último pero no por ello menos remediable germen:

amor   amor     cresta de gallo amor    vulva y canto

sazonada bestia con que rompo los límites          sexo y vid

                                        moldura

                              y

                                           hueco

                                sólo el espacio

Amor que ha roto sus falanges al mirar de frente nuestros labios.

Última carta al norte

Te amé pequeña y borrosa sobre el agua estancada.

Labios tropezando en labios como peces desnudos, carentes de sonido, peces sílaba y peces pensamiento.

Libre aturdida máscara baila en la piel despojada de hueso.

Hay un agujero de sal en el centro del bosque en el medio del cráneo. Y el musgo es mío pero crece en el lado opuesto al de la oscuridad.

He dormido bajo un abrigo de insectos con las patas enfermas mientras recordaba un poema en el que no regresaba.

Queda en las uñas el regusto del fango. Allí donde nunca dije que anhelaba ser tú para lamer mis heridas y volver habitable el silencio tremendo:

silencio tan alto    -la última carta-    Silencio boreal.

Acuarela de mujer

Ella era yo y ambas buscábamos la raíz de la ausencia, su perfume salado: sed rotunda del vivir consciente.

Despiertas bajo la luna roja, nos tiramos del pelo hasta sentir el llanto, escarbamos la tierra con las uñas rotas, celebramos todas las hojas por nacer.

Reímos absurdamente.

El camino es frío para los pies descalzos y el misterio reside en no pronunciar las vocales.

No dirás la palabra vientre ni la palabra duda ni la palabra impureza.

*  *  *  *

Hermana, amar es esto: saberse esclava del aullido

flotar en un mar de ignorancia

dejar paso a la herida del pronombre y de la piel.

El ser y el fuego

Saber, aun en el sueño más profundo, que eres tú.

Y algo más: escuchar el sonido de tu corazón. Y -besarlo.

(Marina Tsvietáieva)

Este mediodía rojo bajo los párpados desdibujados

Tu rostro -último sueño- lámpara de lo invisible

desde un balcón abierto a la locura

Los detalles son tus manos -boceto para el mundo-

Cada relieve y cada comisura culminan en sereno aprendizaje

La voz ígnea de un piano antiguo mientras las bocas serpiente

y el murmullo de otra risa marina

* * * *

Luego la sangre se hará flor en tu cuerpo de óxido

y la piel será excusa del tiempo

-palabra que no han inventado todavía-

Cuánta luz sometida hay tu pecho: podría reclinar la cabeza

y dormir  -soñar.

Hogares como labios

Munch-Kiss-by-the-window

Beso por la ventana de Edvard Munch

Te distancias del contorno de los mapas

cuando dejas resbalar tu cuerpo sobre el mío.

Bailamos por encima de una laguna verde

y los mosquitos vienen a pellizcarnos los dedos

-pero no nos hacen daño, ningún daño-.

Alguien sonríe desde tus ojos oasis,

y sé que miro una alucinación, un espejismo.

La entrega es ese pacto que jamás firmaremos

porque tú sabes volar y yo comprendo

los motivos que tienes para olvidar la tierra, negra tierra.

Pero deja que siga mirando tu belleza lejana

mientras dure el temblor del abismo que habito.