“Tendré que ser, por fin, / el fino deshacerse de mi cuerpo”: la escritura a partir de la caída

20160228_185124

Apoptosis, Lidia Gómez Pérez (Legados Ediciones 2015) 

 

De pronto, la desaparición, lo no dicho, el paso del ser al no ser.

            Un hueco. No, no un hueco: el hueco. Ella es consciente, ella lo sabe, reconoce esta oquedad dentro y clama, necesita decir, esgrime un balbuceo: “Deseé tener alas un instante”. Pero aún no ha llegado el momento, las palabras se deslizan por entre los dedos, ruedan sobre la página. Pronuncia este lenguaje insuficiente, una: “porque te nombro / desde los límites / que no me alcanzan.”, dos: “pero aun así repito/ cada sílaba y traen / pequeños trozos de vida que ya fue.”, tres veces: ¿Cómo nombran la muerte / los que se han ido? / ¿Dónde el salto de agua, / el caer de los párpados?

            La herida es lo que no se ve. La ausencia es lo que no se ve. La poeta camina sobre las aceras cotidianas, contempla el ritmo-vértigo de la gran ciudad, y no se reconoce en las multitudes, puesto que ellas encarnan la ligereza, el gozo perceptible, la materialidad de las cosas, no su contingencia, lo que está a punto de y no siempre retenemos en los ojos. Estalla así: “Por la angustia nadie brinda”. Una bandada de pájaros que atraviesa el cielo puede ser un acontecimiento importante, algo que nos impele a la sacralidad. “Lazo sin nudo” hace referencia a todas las vivencias exteriores, observadas bajo la óptica de quien mira más allá. Lidia Gómez Pérez retrata de un solo brochazo/ verso, la morfología del mundo, en el que los ojos aparecen como úteros vacíos y las bocas son espátulas dobladas que no alcanzan a dar fruto.

            La poesía es una llamada imperiosa y he aquí su llamada, que se columpia entre una luz intermitente y breves punzadas de nihilismo: “Ofrécenos un verbo / aunque no diga nada. / Muestra qué es lo que queda / tras deslizar los dientes / por un sexo.” Lidia explora a través del lenguaje, como ya hizo Alejandra Pizarnik, la frontera entre el signo y su referente, entre la identidad y un cuerpo tangible que, como la palabra, tiende a deshacerse: “las fronteras son / entre el sujeto     y     su carne. // Pero también se erige como límite / esta distancia recta hasta tus ojos.”

            Finalmente, la claridad, el empeño humano en volver a emerger a la superficie, los retazos de belleza que antes se ocultaban al otro lado. Como una granada abierta, rojísima, los versos se vuelven próximos, dejan una mancha en el lector, “un palpitar de aceite sobre tela, / la textura imborrable de lo que no se agota.” Sobreviene la alegría de los pequeños milagros cotidianos, y la voz se atreve a pronunciar palabras placenteras como: “libros, labios. Espacios / de tinta y agua”. El dolor se erige como una posibilidad rechazada, y la mujer, ahora sí, enarbola sus últimas palabras como alas innegables. Ha encontrado su lugar, ahora puede articular su grito: “Soy el tiempo que me corresponde, / descansada, por fin, / olvido los paisajes.”

            Con Apoptosis Lidia Gómez rehace un camino para estrenar la vida.

Anuncios

Caritura de un yo: la ceguera

La escritura es el sedimento,

lo que queda cuando ya no queda nada,

-hacerse fuerte en la muralla del decir-.

 

Ingravidez oscura del  latido. Carámbano y cincel.

¿Desgarradura?

desgarradura en la voz, incisivos de lobo,

que no es lobo sino hombre rasurado,

despojado de un hombro en que llorar, de una mano

guía en la batalla de otro vivir sin destruirse.

 

Desdibujado caes, y cae la máscara, y caen los pedazos

de piel y signaturas. Eres un ser

que no encuentra su ser, rostro

tallado en un cristal de prismas infinitos

y dudas infinitas.

 

Y en la mañana futura arrastrarás tu sombra

con el recuerdo aquel de los pronombres

-habitantes sublimes de un estruendo-.

 

Mañana en la batalla deja hueco a la herida:

la palabra amor no es algo que yo pueda escribir.

 

 

 

 

 

De pliegues y nudos

No cuerpos entrelazados, no cuerpos dentro de otros cuerpos.

Un cuerpo, uno sólo, en perpetuo avance hacia otro, también mío.

 Errancia minúscula. Vida en tránsito. Fragmentación.

Hemos vivido lejos de nosotros y navegado en mares tacto niebla.

Dulcísimo sopor.

Huye, huye, traza una línea recta en el lugar que antes ocupó la herida.

Rumor amanecer entre las sábanas. Lo líquido.

Espesura conocida del sexo.

Llama sosegada. Constelación de invierno. Trama.

Dime: aves sin rumbo, tus manos: realidad.

No la adormidera de los astros sino una voz presa en la memoria.

Muchas, muchas voces sostenidas en el centro de un hilo.

Ventanas hacia dentro nada nos pertenece.

Estar a oscuras, reconocer el miedo por su olor.

¿Y la victoria?

La victoria no deja rastro: es un vacío.

Mírame: esto es lo que quería. He venido. Deseo que me veas ser.

He dibujado un jardín de insatisfacciones. Olfatéalo. Lámelo.

Escucho cabizbaja mi silencio.

Acompaño a este infinito que nos calla y sigo avanzando hacia mí misma.

“Como si rastrear el cielo fuera saber / alguna cosa”: acotaciones para sentir nuestro el mundo por extenso*

20151121_142604

Porque no sabemos qué nos espera al levantar los ojos hacia el cielo, porque ni siquiera sabemos si lo que miramos es el cielo y su memoria. En el borde del ser despunta el primer interrogante. ¿Y si desconocemos dónde suceden las cosas, dónde ocurrimos cada tanto, qué nos ata con urgencia a la vida? ¿Qué hilo? ¿Qué cuerda? ¿Qué textura en la piel?

Leo: “El ser que sólo sabe su constancia / en la tensión con lo definitivo”. Vivir es hacerse preguntas, sentir preciso un temblor en el párpado. “Muerte que es miedo de morir” o “la cancelación del tiempo en un instante”. Impetuosidad calculada. La escritura de Javier Vicedo Alós aterra por su rotundidad, por su certeza. “Vivir es estar preparándose siempre”. Escribir es todo lo contrario: no estar preparado para nada, y a pesar de todo, imprimir un verso en el papel, un poema en una pared blanca.

Fidelidad de una sombra es un libro de color blanco, blanco quebranto y blanco pureza. No quiero ponerme filológica ni académica ni nada que termine en “ica” así que me limitaré a ser sincera: este libro es una canción, un canto entonado por un hombre que es vencido por el mundo, pero que está tan ligado a él que forman una sola entidad. En la cara está el mundo infinito, y en su envés, la persona minúscula, frágil, que se sostiene erguida.

La articulación del ritmo es tan perfecta como pueden serlo los ritmos vitales. Como la ropa que otro ha dejado tendida, Javier extiende su mano hacia una realidad que está plagada de espejismos, donde reina “la obsesiva ilusión de tener y de tenernos”. No es sencillo participar de este mundo; de ahí la lucha, que es su lucha y la nuestra: “la necesidad del latido / de transformarse / en golpe y muesca, / gesto y mundo”.

Si escribir es encender un fósforo en mitad de la noche, leer es descubrir que estamos hechos de matices de luz y cavidades de sombra. Leer es un acto de fidelidad para con la vida, para con el mundo en su extensión absoluta. Un placer sin límites para quienes nunca nos cansamos de otear el horizonte.

*Escrito a raíz de Fidelidad de una sombra de Javier Vicedo Alós (Pre-Textos 2015)

Silencio boreal

Viernes dolor noche punzante en algún rincón de la médula

ella avanza calle por calle oprime su pecho duro como el papel

sus dedos arrugan todos los poemas que podría haber escrito

sobre el aire los ojos niegan que otros ojos se hagan caricia

Ella no sabe que los ojos azules se enredan son mechones

huidos del cabello más triste que no quiere yugos sino aves

que viajan desde el norte hacia el norte mientras

buscan el hogar que no hay mientras gimen de hambre de hambre

de tristeza camuflada en hambre porque todo puede nombrarse

todo tiene una fuente todo tiene un bosque útero al que volver.

* * * *

Viernes noche: ella dibuja las coordenadas del dolor en la planta de sus pies.

Hablar del dolor desde el dolor: sobre “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan

delphine

Nada se opone a la noche excepto el pulso de la escritura cuando se ha vuelto grito. Desde ahí, instalada en el abismo que es el cuerpo azulado de la madre sin vida, desde ahí surge la palabra y va encontrando un lugar más sereno, con sentido, a pesar de permanecer unida al desgarro de manera irreversible.

Lucile tiene la maldición de la belleza y la maldición de la sensibilidad: ella sabe cuándo tiene que quedarse sola. Al otro lado de la plaza, sus hermanos juegan; ella intuye que en la mirada de su padre hay mucho más que afecto. El silencio camina unido a sus pisadas mientras su rostro de facciones perfectas aparece en las portadas de las revistas de moda infantiles. Nunca oculta su miedo, que es un verdadero pánico ante la pérdida, la ausencia de los que dejan de ser a su alrededor, el mundo cada vez más grande y difuso. Desde muy niña, comparte cama con la desmesura, y así será hasta el final de sus días, tal y como relata su hija, narradora de esta obra de no ficción que no podía dejar de escribir. “¿Basta el miedo para callar?”, se pregunta, nos pregunta. 

Contar una historia supone adoptar un punto de vista. De Vigan habla desde el dolor profundo de ser hija de una mujer que muchas veces no fue la madre que ella habría deseado, una mujer a la que no es fácil abrazar, y a la que teme abrazar por miedo a que se quiebre. Esa mujer que a su vez jamás tuvo una madre, y sufre un gran vacío. “Disparo a quemarropa, y lo sé”, afirma quien escribe. Está poniendo todo el empeño en decir la verdad, su verdad. La fractura de la vida y del cuerpo que se deshace ante el dolor que avanza y oprime y finalmente deriva en algo que podríamos llamar locura, o no. Tal vez no. 

Delphine de Vigan escribe la novela que Lucile, su madre, concibió hace mucho, mucho tiempo, aunque nunca llegase a ver la luz. Aquí está su familia, una familia que pende de un hilo muy delgado, pero que no llega a romperse generación tras generación: el sufrimiento como la herencia más clara y obscena. La muerte detrás de la nuca, su aliento frío, a veces seductor.

Nada -repito- se opone a la noche, excepto la figura luminosa de quien escribe, esa persona que se atreve a decir, y con ello, se salva, e incluso, nos salva.

Paisaje desfigurado

Fumas desnudo instalado en el vértigo de un vivir desquiciante.

No, no fumas; otro es el rostro y otros los ojos del fumador medianoche.

De nuevo la historia de los sexos como animales de mandíbula contrita.

Tu palabra como un constructo de algo más grande, más verde, más puro.

La sintaxis de tus manos – comederos para aves migratorias,

y adentro el aullido de mil naves de locos para urdir esta espera.

 * * * *

Pero nada de lo que haya escrito es posible:

yo digo la verdad de otra puerta cerrada como una niña temblando.