Fårö

El sol sobre el cuello y tu rostro en penumbra. Sólo así te conozco, te sé – hondamente.

Tu fotografía.

Imagino cómo eras antes de ser tú: lento aprendizaje en los zapatos de cordones, el pelo más largo, tal vez más rubio, más amable y remoto.

(…)

“El azul de tu espalda cruza con pasos firmes la aldea. No, no has retrocedido en el tiempo, sólo habitas en él de forma diferente. Escuchas tu caminar.

Te abismas.

Luego sonríes inexplicablemente. Lo percibo aquí, en el pedazo de piel que avanza desde uñas a nudillos.

No hay espejos en la casa: hay ventanas: miras fuera: no hay un adentro posible.

Corres por entre los animales por una pradera que a veces es pradera y otras veces, denso bosque. Los pájaros, las flores. Los perfumes, los cantos. Sostienes en la palma de la mano una flor muerta. No te atreves a hacer lo mismo con el pájaro.

Aunque parezca extraño, ha dejado de llover. Los gritos con nombre y apellidos han dejado de ser perceptibles. Buscas en tu interior un resquicio de esos gritos que has tenido que acallar, por miedo. Los escuchas. Te escuchas. Duele: cada vez duele menos: ¿dejará algún día de doler…?

Extiendes los ojos más allá de tu propia escritura y comprendes que eres tú quien va haciendo el mundo y no a la inversa. Autoprotección e invierno. Sabes que pronto dará fin el verano aunque sea agosto y las cigarras froten tercamente sus patitas. El verano – lo interrumpido, el verano -los signos de interrogación. El verano -la cosecha.

Y después qué -te preguntas. -Después todo- te escribo”.

La belleza de tu soledad casi mía. No: la belleza de tomar el pincel del futuro con las manos húmedas. Y pintar las letras,

e inventar -casi a ciegas- nuestros respectivos nombres.