“Despiojar certezas al tiempo”: una brecha donde mirar el mundo desde los vértices*

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            A veces creemos que han quedado muy atrás los años en los que vivir era sentarse en el interior de un caleidoscopio y absorber los destellos de color provocados por un juego de espejos. A veces, sí, olvidamos que estamos hechos de piezas diminutas que encajan de manera más o menos perfecta, y que estas piezas no son sino el eco de una luz gastada que viene de otro tiempo, y de un espacio diferente, e incluso de una sensación de rostros, en ocasiones de trazo irregular.

            De lo que estoy tratando de hablar es precisamente de los bordes, de los límites entre una edad y otra, un niño-adolescente y un niño-adulto o un niño-anciano. Recuerdo los “bordes dentados de las cosas” que invoca Alejandra Pizarnik mientras descubro una voz nueva, la de Javier Temprado y sus ojos atónitos mientras escribe para  darse cuenta de que anhela otro cielo más naranja y que es preciso cavar hasta un lugar donde “hay sonrisas disfrazadas de cicatrices / en las arrugas de los árboles”.

            Como quien apresura el paso cuando la lluvia arrecia y se detiene bajo un agua torrencial, el poeta da forma a una realidad que es la suya pero también es la mía y la del transeúnte anónimo que se enfrenta a la noche y descubre que “sólo asfaltamos las calles / con nuestra memoria”. Porque escribir es rehacer y sobre todo moldear los deseos de otras vidas y su continuo desgarro. Porque escribir es bailar una danza en los vértices del tiempo y tantear el abismo o acariciar con las yemas de los dedos el cabo de una vela que murió mucho antes de que existiera la palabra fuego. Pero hoy quema. Todavía quema.

            El borde de un vientre, la esquina de un nombre, los contornos de la noche: fronteras necesarias para comprender el mundo y tener la certeza de que la poesía, y por tanto, la literatura en su totalidad, convoca a la vida y bebe de sus labios, pero no es la propia vida.

            En la literatura hay algo que nos excede, un anhelo profundo e inalcanzable. El poeta lo sabe. Y aun así, qué hermoso es avanzar hacia él y sentir vértigo.

* Sobre “Los vértices del tiempo”, Javier Temprado Blanquer (La Isla de Siltolá, 2015)