Lumbres II

Finitud tras finitud

crezco

 

Retiemblo árboles

persigo de tu huella

caracol

 

manos que dicen

de no obtener respuesta

 

palpo en la miel

de la abeja su ruido

 

otras vendrán con los

párpados curvos

como líquenes solos

 

deslabio de la luz

irreductible

 

oscurolento caravaggio

 

esta es la última sala no

habrá verbo no diremos

gracias no tendremos dones

como herencia

 

no haremos

finitud

sino con el cuerpo

sino con el eco tibio

de la voz.

 

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Lumbres

Mojarse de los cuerpos

reverberando

Aquietarse por desconocimiento

Sufrir de no sufrir y en la

grieta sacar pecho cabeza hombros

Balbucir ausencias

en un lugar callado invocar

manos abiertas

Todo comienzo es diurno

labio escozor cuerpos amoratados

****

Me nombra así

perfume de lo roto

y avanzo

siempre avanzo

hasta desposeerme hasta

desdibujarme

****

Cavar hondo

donde el lenguaje se hace silbido

vuelo de pájaros ventana

para sentarse a observar

cuerpos mojados

ahora precipitándose

****

Escribir un poema

siempre estar escribiendo un poema

dentro del poema

hasta que este desaparezca

y no exista nada

salvo este obsesivo huirse

hacia los otros

****

Escribir un poema

como si fuera posible

avanzar a oscuras.

 

Quien dijo maternidad, dijo silencio

No puedo seguir tocando, no puedo seguir tocando por instinto.

(Francesca Woodman)

Déjame hablar puramente de amamantar.

(Clarice Lispector)

Que tu alimento sea esto, al cabo, fugazmente:

voz graznido    manos de par en par    canciones bosque

         un nimbo de cicuta entre los párpados.

                         Tiemblo al invocar el timbre siempre aullido

     el gozo y crepitar de luz emocionada

                tu beso irreductible y su legado.

Basta ya de troquelar espacios, adoquinar

             los sueños, basta de dibujar trapecios de cordura

en las rodillas macilentas.

                       Dices: no puedo seguir tocando, no puedo seguir

tocando por instinto, y hace frío en esta noche

   de todas las preguntas -y ninguna-.

                                    Dices, para colmar mi vaso, y no te creo,

  no puedo creer que haya otro molde     otra envoltura

más perfecta que tú: tacto en silencio.

                    Déjame hablarte puramente,

                 amamantar a los niños que seremos

cuando volvamos a rozar la tierra con los labios.

“Tendré que ser, por fin, / el fino deshacerse de mi cuerpo”: la escritura a partir de la caída

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Apoptosis, Lidia Gómez Pérez (Legados Ediciones 2015) 

 

De pronto, la desaparición, lo no dicho, el paso del ser al no ser.

            Un hueco. No, no un hueco: el hueco. Ella es consciente, ella lo sabe, reconoce esta oquedad dentro y clama, necesita decir, esgrime un balbuceo: “Deseé tener alas un instante”. Pero aún no ha llegado el momento, las palabras se deslizan por entre los dedos, ruedan sobre la página. Pronuncia este lenguaje insuficiente, una: “porque te nombro / desde los límites / que no me alcanzan.”, dos: “pero aun así repito/ cada sílaba y traen / pequeños trozos de vida que ya fue.”, tres veces: ¿Cómo nombran la muerte / los que se han ido? / ¿Dónde el salto de agua, / el caer de los párpados?

            La herida es lo que no se ve. La ausencia es lo que no se ve. La poeta camina sobre las aceras cotidianas, contempla el ritmo-vértigo de la gran ciudad, y no se reconoce en las multitudes, puesto que ellas encarnan la ligereza, el gozo perceptible, la materialidad de las cosas, no su contingencia, lo que está a punto de y no siempre retenemos en los ojos. Estalla así: “Por la angustia nadie brinda”. Una bandada de pájaros que atraviesa el cielo puede ser un acontecimiento importante, algo que nos impele a la sacralidad. “Lazo sin nudo” hace referencia a todas las vivencias exteriores, observadas bajo la óptica de quien mira más allá. Lidia Gómez Pérez retrata de un solo brochazo/ verso, la morfología del mundo, en el que los ojos aparecen como úteros vacíos y las bocas son espátulas dobladas que no alcanzan a dar fruto.

            La poesía es una llamada imperiosa y he aquí su llamada, que se columpia entre una luz intermitente y breves punzadas de nihilismo: “Ofrécenos un verbo / aunque no diga nada. / Muestra qué es lo que queda / tras deslizar los dientes / por un sexo.” Lidia explora a través del lenguaje, como ya hizo Alejandra Pizarnik, la frontera entre el signo y su referente, entre la identidad y un cuerpo tangible que, como la palabra, tiende a deshacerse: “las fronteras son / entre el sujeto     y     su carne. // Pero también se erige como límite / esta distancia recta hasta tus ojos.”

            Finalmente, la claridad, el empeño humano en volver a emerger a la superficie, los retazos de belleza que antes se ocultaban al otro lado. Como una granada abierta, rojísima, los versos se vuelven próximos, dejan una mancha en el lector, “un palpitar de aceite sobre tela, / la textura imborrable de lo que no se agota.” Sobreviene la alegría de los pequeños milagros cotidianos, y la voz se atreve a pronunciar palabras placenteras como: “libros, labios. Espacios / de tinta y agua”. El dolor se erige como una posibilidad rechazada, y la mujer, ahora sí, enarbola sus últimas palabras como alas innegables. Ha encontrado su lugar, ahora puede articular su grito: “Soy el tiempo que me corresponde, / descansada, por fin, / olvido los paisajes.”

            Con Apoptosis Lidia Gómez rehace un camino para estrenar la vida.

De pliegues y nudos

No cuerpos entrelazados, no cuerpos dentro de otros cuerpos.

Un cuerpo, uno sólo, en perpetuo avance hacia otro, también mío.

 Errancia minúscula. Vida en tránsito. Fragmentación.

Hemos vivido lejos de nosotros y navegado en mares tacto niebla.

Dulcísimo sopor.

Huye, huye, traza una línea recta en el lugar que antes ocupó la herida.

Rumor amanecer entre las sábanas. Lo líquido.

Espesura conocida del sexo.

Llama sosegada. Constelación de invierno. Trama.

Dime: aves sin rumbo, tus manos: realidad.

No la adormidera de los astros sino una voz presa en la memoria.

Muchas, muchas voces sostenidas en el centro de un hilo.

Ventanas hacia dentro nada nos pertenece.

Estar a oscuras, reconocer el miedo por su olor.

¿Y la victoria?

La victoria no deja rastro: es un vacío.

Mírame: esto es lo que quería. He venido. Deseo que me veas ser.

He dibujado un jardín de insatisfacciones. Olfatéalo. Lámelo.

Escucho cabizbaja mi silencio.

Acompaño a este infinito que nos calla y sigo avanzando hacia mí misma.

Lengua de signos

Mas no fui yo quien dijo hola al paso fronterizo que te asila de mis vértebras.

No fui culpa sino traje de entretiempo: un sabor estruendo en los iris que se curvan y se expanden y son mundo tantas veces.

Albergue en los rostros que comprenden su derrota al devenir crueles, concisos.

Fuera siempre es enero y surges para decirme hola al otro lado -del otro lado permaneces callada entre las vísceras, sabia como las hojas otoñales.

Poco a poco nos acostumbramos a nacer y silenciar los nombres.

Hola, te digo, estás sobre un puente que se tambalea y sólo puedes arrojar tus miedos como piedras o aprender a caer sin ruido

y luego envuelve mi cuerpo en un regazo azul de sábana y lenguaje.

*  *  *  *

Devenir tú, fluir misterio: de nuevo estoy hablando de la eternidad.