Cuaderno de viaje III

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Fotografía analógica del Parlamento de Budapest, julio de 2017

 

Lento como una cúpula en los ojos al envejecer el día. Llanto que cruje con las vías, con la fe disimulada de las naves. Ah, la sed de un imperio en la exhibición de sus más tiernos desconchones. Este cielo del color de la cáscara recupera la tibieza del cuerpo y la vuelca hacia afuera. Sólo somos lo que queda al cabo: cenizas.

Has recorrido esta ciudad como si estuvieras buscando sus llaves sin misterio.

Danubio que en las manos ladras.

Eres un cuerpo que duda de sus comensales, la piel puesta a tender bajo los puentes como una bandera invertida.

Diatriba entre significado y significante. Emborronas cuadernos con palabras que entiendes por su construcción primitiva. La belleza del fonema, la belleza de lo representado en la mente. Aquí, la palabra extranjero no parece extranjera.

Te preguntas incesantemente: te respondes pájaros, aves discontinuas.

Has subido hasta lo más alto de Óbuda para mirar desde ahí a tu yo abandonado. Una vez allí, decides no ver; sigues adelante con un dolor nuevo, que adopta hermosas posturas, voluptuosos relieves.

La escritura es un viaje muy lento que sólo a veces coincide con el tiempo del mundo.

Como si este último fuese -acaso- real.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ad-herencias

 

Grabar el sonido que viene de dentro
de mí que crea la idea de otra persona
(Ana Mendieta)

 

Ad-herencia de tu cuerpo a la

idea que tengo de mi cuerpo

 

retenernos para avanzar en suave

onda y molde de este barco

y su silencio

 

adentro no el sonido sí

la música los párpados

su sombra de ceniza

 

y su aleteo

 

grabo en mi cuerpo la idea

que tengo de otro cuerpo

 

eres tú

 

así

nos miro

y grabo

y creo.

Cuadernos de viaje II

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Can death be sleep, when life is but a dream,
And scenes of bliss pass as a phantom by?
The transient pleasures as a vision seem,
And yet we think the greatest pain’s to die.
(John Keats)

Puertollano es un espejo. Paisaje que abate los ojos y de pronto no existe. Chimeneas que obligan a decir lo de dentro y callar el resto.

Quise ser la niebla en torno a tu rostro, arrullo en tránsito. Viajamos, nos deslizamos, nos enredamos el uno en el otro hasta que desaparece la línea del horizonte. Somos ángeles sin reino. El latido es lo que prevalece cuando no hay espacio cuando no hay tiempo cuando la única coordenada es piel a través.

Te amo mientras lees esa novela de un autor mejicano y al punto sonríes.

Canto para mí una nana complaciente. Tus brazos, las ramas. Moldeas mi cara. Arrancas, haces pedazos mi cara. Me transparento y diluyo. Soy blanca y obscena como un lienzo falso.

Escribo un poema que se curva con la línea de tu columna vertebral. Poema que siempre está escribiéndose: tu cuerpo vibrátil jamás permanece inmóvil.

Construimos una ciudad con sol para leer en las plazas a la hora de la siesta. Construimos un amor con azulejos, un amor cocido a fuego en el horno vital.

Un golpeteo. Toda la noche, un golpeteo. El misterio es una madeja y nosotros tiramos del hilo, tiramos. A la mañana, el ovillo es grande y el silencio también.

Los pájaros se reúnen se agolpan se gritan unos a otros a última hora de la tarde en la lengua del Guadalquivir. Yo participo de su estruendo. La vorágine.

Te amé como las palomas buscan refugio bajo los arcos de la mezquita.

Te amé con el color rojo del dolor y de la sangre, con el rojo de la violencia y de la fruta madura. Te amé con el color de la herida para no pensar en la herida.

Hoy la casa está vacía. No entra el rumor ni la luz ni la belleza.

Se ha liberado el trino.

“Despiojar certezas al tiempo”: una brecha donde mirar el mundo desde los vértices*

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            A veces creemos que han quedado muy atrás los años en los que vivir era sentarse en el interior de un caleidoscopio y absorber los destellos de color provocados por un juego de espejos. A veces, sí, olvidamos que estamos hechos de piezas diminutas que encajan de manera más o menos perfecta, y que estas piezas no son sino el eco de una luz gastada que viene de otro tiempo, y de un espacio diferente, e incluso de una sensación de rostros, en ocasiones de trazo irregular.

            De lo que estoy tratando de hablar es precisamente de los bordes, de los límites entre una edad y otra, un niño-adolescente y un niño-adulto o un niño-anciano. Recuerdo los “bordes dentados de las cosas” que invoca Alejandra Pizarnik mientras descubro una voz nueva, la de Javier Temprado y sus ojos atónitos mientras escribe para  darse cuenta de que anhela otro cielo más naranja y que es preciso cavar hasta un lugar donde “hay sonrisas disfrazadas de cicatrices / en las arrugas de los árboles”.

            Como quien apresura el paso cuando la lluvia arrecia y se detiene bajo un agua torrencial, el poeta da forma a una realidad que es la suya pero también es la mía y la del transeúnte anónimo que se enfrenta a la noche y descubre que “sólo asfaltamos las calles / con nuestra memoria”. Porque escribir es rehacer y sobre todo moldear los deseos de otras vidas y su continuo desgarro. Porque escribir es bailar una danza en los vértices del tiempo y tantear el abismo o acariciar con las yemas de los dedos el cabo de una vela que murió mucho antes de que existiera la palabra fuego. Pero hoy quema. Todavía quema.

            El borde de un vientre, la esquina de un nombre, los contornos de la noche: fronteras necesarias para comprender el mundo y tener la certeza de que la poesía, y por tanto, la literatura en su totalidad, convoca a la vida y bebe de sus labios, pero no es la propia vida.

            En la literatura hay algo que nos excede, un anhelo profundo e inalcanzable. El poeta lo sabe. Y aun así, qué hermoso es avanzar hacia él y sentir vértigo.

* Sobre “Los vértices del tiempo”, Javier Temprado Blanquer (La Isla de Siltolá, 2015)