Boceto de mujer con los ojos entrecerrados

pero para qué escalar el pico filtrar las nubes
cuando la ternura humana no sabe ya calentar mis alegrías
(Tristán Tzara)

 

 

No has asistido a la última función del día.

Lo que queda es precisamente lo que no tenemos

-el brillo entre una estrella y otra     más distante-.

Y qué oscura ráfaga la de los cuerpos marasmo

niños de lamer heridas y sangre no lograda.

Pero algo se mueve en el filo de unos labios:

silueta de almidón vestida de otro tiempo.

Te mira ojos persiana y comprende al fin

que no ha asistido a la última función del día

sino al beso que nunca llegó a producirse.

Luego su sonrisa bajará el tobogán y dirá basta

es suficiente ya es hora de que el pasado

sea un constructo propio una tela para tejer

espacios para envolver rojas tus piernas

con la alegría cóncava con la belleza firme

de cada nuevo adiós de cada despedida.

Y saldrás de ti y dejarás rodar los ojos calle abajo.

Te soñarás cierta -sólo humana-.

Todo cuanto dejaste huir permanece dormido

hasta la próxima muerte.

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De la belleza del dolor

 

A Emily, un año después de su falda roja

 

Confusa libertad con la que estamos a punto de medirnos.

Fulgor mujer herida por un clavo intermitente.

Pero siempre habrá un afán derritiéndose entre los brazos, una

mejilla, un labio que se haga dúctil cuando tiembles.

 

Aquí pecho  estremecido    cóncavo   color sangre. 

Recuerda esto y recuerda que estás hecha

para llevar en el vientre   -atravesada-.

 

Nos quebraremos juntas y juntas levantaremos

un nido más cálido    -de nieve-.

Sé tú el jardín remanso, la vieja profecía,

el pájaro que con la sola fuerza de sus alas

se convierte en un bálsamo del aire.

 

Iremos cada vez más alto, cada vez más lejos, hacia

una vida oscura insoportablemente nuestra.

Quien dijo maternidad, dijo silencio

No puedo seguir tocando, no puedo seguir tocando por instinto.

(Francesca Woodman)

Déjame hablar puramente de amamantar.

(Clarice Lispector)

Que tu alimento sea esto, al cabo, fugazmente:

voz graznido    manos de par en par    canciones bosque

         un nimbo de cicuta entre los párpados.

                         Tiemblo al invocar el timbre siempre aullido

     el gozo y crepitar de luz emocionada

                tu beso irreductible y su legado.

Basta ya de troquelar espacios, adoquinar

             los sueños, basta de dibujar trapecios de cordura

en las rodillas macilentas.

                       Dices: no puedo seguir tocando, no puedo seguir

tocando por instinto, y hace frío en esta noche

   de todas las preguntas -y ninguna-.

                                    Dices, para colmar mi vaso, y no te creo,

  no puedo creer que haya otro molde     otra envoltura

más perfecta que tú: tacto en silencio.

                    Déjame hablarte puramente,

                 amamantar a los niños que seremos

cuando volvamos a rozar la tierra con los labios.

Última carta al norte

Te amé pequeña y borrosa sobre el agua estancada.

Labios tropezando en labios como peces desnudos, carentes de sonido, peces sílaba y peces pensamiento.

Libre aturdida máscara baila en la piel despojada de hueso.

Hay un agujero de sal en el centro del bosque en el medio del cráneo. Y el musgo es mío pero crece en el lado opuesto al de la oscuridad.

He dormido bajo un abrigo de insectos con las patas enfermas mientras recordaba un poema en el que no regresaba.

Queda en las uñas el regusto del fango. Allí donde nunca dije que anhelaba ser tú para lamer mis heridas y volver habitable el silencio tremendo:

silencio tan alto    -la última carta-    Silencio boreal.

Acuarela de mujer

Ella era yo y ambas buscábamos la raíz de la ausencia, su perfume salado: sed rotunda del vivir consciente.

Despiertas bajo la luna roja, nos tiramos del pelo hasta sentir el llanto, escarbamos la tierra con las uñas rotas, celebramos todas las hojas por nacer.

Reímos absurdamente.

El camino es frío para los pies descalzos y el misterio reside en no pronunciar las vocales.

No dirás la palabra vientre ni la palabra duda ni la palabra impureza.

*  *  *  *

Hermana, amar es esto: saberse esclava del aullido

flotar en un mar de ignorancia

dejar paso a la herida del pronombre y de la piel.

Tormenta y brevedad

Querida mamá: estoy aprendiendo a ladrar

(Olga Novo)

Llueve sobre mis dedos sucios de pelar ajos

y no comprendo para qué sirve la desmemoria.

Hago cábalas con esta pena tremenda incertidumbre

que es herencia de mi abuela y de mi madre y pienso

‘ojalá no tenga hijas para ver madurar su dolor’.

Pintarse las uñas de los pies como un gesto de supervivencia

frente al grito agonía purpúrea que no sale de la garganta

sino de crines de rabia en el suelo del aseo anónimo.

He vivido y he sangrado al lamer los cuerpos de seres más frágiles

y si estoy aquí es para amar a las criaturas llanto de la especie.

Llueve muy lento entrecierro los ojos mientras ella se finge dormida:

la vida prosigue camina desnuda hacia la brevedad

hacia la transparencia.

Ciudad-estanque, mujer escindida

A Elisabet  

Sendero de tu letra rasgando una brizna de tiempo

Mujer tú que hablas con ojos estanque y vives

en la ciudad de uñas redondas mordidas,

te entregas en pedazos y yo uno esos pedazos con los dedos.

* * * *

Hay flores secas que se adhieren a mis palmas y te encuentro

sentada a la orilla de tu ser insuficiente

No vuelvas la vista atrás cuando escribas tu verde silencio

Deja que regrese el tacto a mis noches rugido

Mira hasta dónde alcanza la línea que desune el cielo y el mar.