Pensamientos itinerantes

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Porque más allá de esta cumbre hay otra cumbre, aún más blanca. Vivamos con la tarea única de enloquecer.

Si inclino el rostro, el mundo se abre paso; si extiendo los ojos, cada objeto toma su forma. La palabra se hace útil.

Avanzo con los párpados canal adentro, y las casas flotan a ambos lados. Nada se sostiene: todo lo devora el agua.

Me afano en rastrear la huella de una mascarada deslumbrante. Tal vez al desatar las cintas de este antifaz sereno consiga descubrir qué se oculta en ese otro lado, si es que acaso existe algo parecido a una orilla distinta.

Preciado deseo de anonimato, esencia húmeda, iracunda, de estar nadando en sentido opuesto al que debería. Pero no. No más deber sin antes querer realmente, con autenticidad.

Escribo con esta desnudez propia de no saberse del todo parte de ningún lugar.

Escribo este viaje de silencio en el que la palabra sólo es posible de vuelta a lo cercano, a lo conocido, una vez recuperado el incierto don de quien mira el tiempo, y lo observa con curiosidad y una pizca de miedo, casi angustia, casi llanto, susurro y tregua.

Escribo cuando todo se ha derramado y ya no queda nada por vivir.