Boceto de mujer con los ojos entrecerrados

pero para qué escalar el pico filtrar las nubes
cuando la ternura humana no sabe ya calentar mis alegrías
(Tristán Tzara)

 

 

No has asistido a la última función del día.

Lo que queda es precisamente lo que no tenemos

-el brillo entre una estrella y otra     más distante-.

Y qué oscura ráfaga la de los cuerpos marasmo

niños de lamer heridas y sangre no lograda.

Pero algo se mueve en el filo de unos labios:

silueta de almidón vestida de otro tiempo.

Te mira ojos persiana y comprende al fin

que no ha asistido a la última función del día

sino al beso que nunca llegó a producirse.

Luego su sonrisa bajará el tobogán y dirá basta

es suficiente ya es hora de que el pasado

sea un constructo propio una tela para tejer

espacios para envolver rojas tus piernas

con la alegría cóncava con la belleza firme

de cada nuevo adiós de cada despedida.

Y saldrás de ti y dejarás rodar los ojos calle abajo.

Te soñarás cierta -sólo humana-.

Todo cuanto dejaste huir permanece dormido

hasta la próxima muerte.

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Retrato de un chico que toca la guitarra y mira el mar

Quizá la sirena de un barco

o el destello febril de quien atraca en el puerto

con las luces todavía apagadas.

 

Porque conozco el miedo pero no lo había paladeado

lentamente,

ardor vuelve en la noche ardor, sueña un hombre:

sus ojos se abren para contener su derrota

-mi derrota-.

 

Camino esta playa que es mi propio cuerpo

y extiendo el dolor, tiro de la punta de mi lengua

para enhebrar un paisaje nuestro, solamente humano.

 

Deja que te cuente una historia inaudita:

a lo lejos un barco ha encendido sus luces.

Y no existe tal puerto,

no hay posible sirena.

 

Estoy preparado para hacer este viaje

ahora que ya no creía posible un ahora.

Fårö

El sol sobre el cuello y tu rostro en penumbra. Sólo así te conozco, te sé – hondamente.

Tu fotografía.

Imagino cómo eras antes de ser tú: lento aprendizaje en los zapatos de cordones, el pelo más largo, tal vez más rubio, más amable y remoto.

(…)

“El azul de tu espalda cruza con pasos firmes la aldea. No, no has retrocedido en el tiempo, sólo habitas en él de forma diferente. Escuchas tu caminar.

Te abismas.

Luego sonríes inexplicablemente. Lo percibo aquí, en el pedazo de piel que avanza desde uñas a nudillos.

No hay espejos en la casa: hay ventanas: miras fuera: no hay un adentro posible.

Corres por entre los animales por una pradera que a veces es pradera y otras veces, denso bosque. Los pájaros, las flores. Los perfumes, los cantos. Sostienes en la palma de la mano una flor muerta. No te atreves a hacer lo mismo con el pájaro.

Aunque parezca extraño, ha dejado de llover. Los gritos con nombre y apellidos han dejado de ser perceptibles. Buscas en tu interior un resquicio de esos gritos que has tenido que acallar, por miedo. Los escuchas. Te escuchas. Duele: cada vez duele menos: ¿dejará algún día de doler…?

Extiendes los ojos más allá de tu propia escritura y comprendes que eres tú quien va haciendo el mundo y no a la inversa. Autoprotección e invierno. Sabes que pronto dará fin el verano aunque sea agosto y las cigarras froten tercamente sus patitas. El verano – lo interrumpido, el verano -los signos de interrogación. El verano -la cosecha.

Y después qué -te preguntas. -Después todo- te escribo”.

La belleza de tu soledad casi mía. No: la belleza de tomar el pincel del futuro con las manos húmedas. Y pintar las letras,

e inventar -casi a ciegas- nuestros respectivos nombres.

Ciudad-estanque, mujer escindida

A Elisabet  

Sendero de tu letra rasgando una brizna de tiempo

Mujer tú que hablas con ojos estanque y vives

en la ciudad de uñas redondas mordidas,

te entregas en pedazos y yo uno esos pedazos con los dedos.

* * * *

Hay flores secas que se adhieren a mis palmas y te encuentro

sentada a la orilla de tu ser insuficiente

No vuelvas la vista atrás cuando escribas tu verde silencio

Deja que regrese el tacto a mis noches rugido

Mira hasta dónde alcanza la línea que desune el cielo y el mar.

Quien dibuja la edad en los vagones

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Rostro que nunca alcanzó a saber que podía ser bello.

(Wislawa Szymborska)

Golpe de labios en tránsito hacia sus dedos.

Trazan y recrean, recorren cada arruga cautiva:

primavera infantil sobre un rostro adulto.

La mano que dibuja no es una mano sin rumbo, es un ave

con un dolor grafito, de alas no nacidas.

Golpe, así golpe de ojos que rasgan el espacio entero

y otra vida deja en suspenso los vagones.

Rostro que nunca supo de su belleza rota

ahora yergue su edad con insolencia,

y sonrío y sonríes como si fuera posible

dibujar un sueño a la medida de alguien

que no estuviera hecho de naufragio de papel.

El poema de Joaquín

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El día que alguien nos sueñe juntos -nos encontraremos.

(Marina Tsvietáeiva).

Sostenías un libro en las manos de color morado pero no lo comprendías.

En el sueño voz salvaje y graznido antiguo de los teros. Sutil letargo.

Miedo a pronunciar con miedo una petición furiosa.

Háblame,

y sin embargo nada así: este lenguaje

animal, único y visible. Otra hoguera. Otra conspiración.

Vivirte en las orillas.

Recordar tus piernas libres y una lágrima

que no termina nunca de caer.

* * * *

Te ofreces.

Como los pájaros ofreces tu pico de agua y vas creando

un hilo consciente e inasible.

Me aferro a tu corporeidad

que no es de piel, sino de llanto, y créeme:

la huella es la memoria, cruel memoria.

(…)

Ahora cedo el paso al impulso guardado,

ahora rompo a golpes esta torpe cadena,

ahora ofrezco mis dedos a la sed y al vacío.

Luego un gran silencio, y por fin, regresar

a la isla de los nombres propios, la conciencia

de mirar al cielo y decir: he llegado,

reconozco esta luz indomable.

Las estrellas del sur son tus estrellas.

(…)

Mi país quedó lejos, el lenguaje aprendido.

Soy casi feliz.

Debo estar en casa.

* * * *

Retrato de mujer en gama fría

El que mira desde fuera por una ventana abierta 
no ve nunca tantas cosas como el que mira una ventana cerrada.
(Charles Baudelaire)

De su rostro en el cristal prendado
no deduzco sino el primer recuerdo:
trotaba
era un caballo distinto en las llanuras de América
sus crines largas de libertad y llanto y clases
de un grado en literatura comparada.

Lejos
ella quería irse lejos del establo
del estado sitio  irrespirable patria bajo su piel agujero.

Ahora los labios se reconocen al contacto
con el cristal su pelo es el sol de las cinco
y media de la tarde falsamente tibia
tras los muros de esta biblioteca
que podría ser cualquier biblioteca de invierno.

Negocian esos ojos negocian consigo mismos
y ya no es la extranjera azul sino una mujer
que sueña un regreso postergado y ese amor
que ya nunca volverá a repetirse.

Dentro de su jersey bosteza
un libro que roza el anonimato.
Los párpados se hacen escudo rojo y su risa
no puede traducirse a nuestro idioma.

Luego tal vez me marcharé despacio
y no sabrá de mi rostro en el cristal prendado
que al igual que el suyo es sólo un fragmento
reducto triste de otra filología.