Lumbres VI

 

Me refiero a tocar

una madriguera interior

 

hablo de hundir el pico en la

entraña de la tierra

 

cisne

 

y tu cuello doblado por el hambre.

 

 

***

 

 

Amor zarpa dormida

incuba un hijo de la fiebre

 

 

de labio en labio tu sordo

pasaporte: la ignorancia

 

 

alguien vive en mí

que habita un temblor cíclico

 

 

no el grito:

dejemos restallar

el sable de la voz

contra las piedras.

 

 

***

 

Toda la noche

guardar una albufera

 

llevarla dentro

ausente ya el reflejo de la sangre

 

 

***

 

 

he dispuesto el amor

sobre un lienzo transparente

 

retina emancipada de vivir

 

placer o escarcha

 

***

 

puños tampoco y acicalo mi derrota

con barcos de papel contra el olvido.

 

***

 

De un relato ordenado

en láminas de sol

 

Bailar hasta que el cuerpo

se vuelva comisura

 

Cuerpo abolido

Intacto su vaivén contra la grieta.

 

***

 

Lo que no germina aquí

bajo los órganos

no existe

 

 

El deseo es esta niebla

Las fauces en mi piel

su territorio.

 

***

 

La luz fue mi cordón umbilical

 

Alimento es palabra es alimento

origen y final para este viaje.

 

 

 

 

 

 

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Quien dijo maternidad, dijo silencio

No puedo seguir tocando, no puedo seguir tocando por instinto.

(Francesca Woodman)

Déjame hablar puramente de amamantar.

(Clarice Lispector)

Que tu alimento sea esto, al cabo, fugazmente:

voz graznido    manos de par en par    canciones bosque

         un nimbo de cicuta entre los párpados.

                         Tiemblo al invocar el timbre siempre aullido

     el gozo y crepitar de luz emocionada

                tu beso irreductible y su legado.

Basta ya de troquelar espacios, adoquinar

             los sueños, basta de dibujar trapecios de cordura

en las rodillas macilentas.

                       Dices: no puedo seguir tocando, no puedo seguir

tocando por instinto, y hace frío en esta noche

   de todas las preguntas -y ninguna-.

                                    Dices, para colmar mi vaso, y no te creo,

  no puedo creer que haya otro molde     otra envoltura

más perfecta que tú: tacto en silencio.

                    Déjame hablarte puramente,

                 amamantar a los niños que seremos

cuando volvamos a rozar la tierra con los labios.

Caritura de un yo: la ceguera

La escritura es el sedimento,

lo que queda cuando ya no queda nada,

-hacerse fuerte en la muralla del decir-.

 

Ingravidez oscura del  latido. Carámbano y cincel.

¿Desgarradura?

desgarradura en la voz, incisivos de lobo,

que no es lobo sino hombre rasurado,

despojado de un hombro en que llorar, de una mano

guía en la batalla de otro vivir sin destruirse.

 

Desdibujado caes, y cae la máscara, y caen los pedazos

de piel y signaturas. Eres un ser

que no encuentra su ser, rostro

tallado en un cristal de prismas infinitos

y dudas infinitas.

 

Y en la mañana futura arrastrarás tu sombra

con el recuerdo aquel de los pronombres

-habitantes sublimes de un estruendo-.

 

Mañana en la batalla deja hueco a la herida:

la palabra amor no es algo que yo pueda escribir.

 

 

 

 

 

Un collage de miradas escogidas, “construida ya toda esta intemperie*”

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Nada extraordinario de Juan Bello Sánchez

Todo es extraordinario:

hablo de la noche, del dolor, del frío resumido en las aceras de una ciudad que podría ser Santiago de Compostela, o Buenos Aires, o Madrid. También, por qué no, reconozco el calor que guarda el fondo del mar, -me lo han dicho los dedos al hurgar en un recodo del día, cuando todo se agota y es posible el pasado pero ante todo, es posible la nada-.

Repito: la nada.

Detalles imperecederos quedan grabados en la retina. A fuego vivo, vivísimo. Él camina por el filo de un instante concreto: “y el cielo sigue ocurriendo: a veces / manchas azules, / a veces manchas grises, / a veces manchas doradas”. Pienso fugazmente en la catedral de Rouen y en sus colores que no son tales; Monet allí delante, consagrado a la observancia, puntual y embrutecido por los designios de la luz. Pero no es el pintor quien interpela, quien lastima mis ojos, sino el poeta.

Que las cosas son gráciles y más si tratas de detenerlas. “Las cartas llegan siempre / desde algún punto del pasado, pienso. / Y el pasado es un barco / que no termina nunca de hundirse”. Allí en la mente, donde crecen árboles de los que caen preguntas, y una ventana puede significar todo menos estar a salvo. Un lenguaje superador de los miedos, un pedazo de piel capaz de convertirse en instrumento de percusión.

Rotundidad. Simplicidad.

Destreza.

Entonces alguien habla de sí mismo desde la ausencia. Entonces los pasillos llenos de objetos, la plaza vacía o el transeúnte que ama la lluvia de la que huye, y por esa razón corre más despacio. Más de lo que debería.

Estás solo y adentro una vida se tambalea. Comprendes la belleza de lo monstruoso y, no comprendes, sin embargo, que otros no sepan ver tanto. Sí Mark Strand o Charles Simic. Dos ideas de eternidad, o tres, o un centenar. “Te hablo de un bosque que sólo es útil para un incendio. / Te hablo de un edificio que se desploma / y nadie escucha su canción”.

Saber mirar el mundo es también poder escribirlo. Así lo hace Juan Bello Sánchez.

*Sobre “Nada extraordinario” de Juan Bello Sánchez (Pre-textos 2015, XVI Premio Internacional de Poesía Emilio Prados)

 

De pliegues y nudos

No cuerpos entrelazados, no cuerpos dentro de otros cuerpos.

Un cuerpo, uno sólo, en perpetuo avance hacia otro, también mío.

 Errancia minúscula. Vida en tránsito. Fragmentación.

Hemos vivido lejos de nosotros y navegado en mares tacto niebla.

Dulcísimo sopor.

Huye, huye, traza una línea recta en el lugar que antes ocupó la herida.

Rumor amanecer entre las sábanas. Lo líquido.

Espesura conocida del sexo.

Llama sosegada. Constelación de invierno. Trama.

Dime: aves sin rumbo, tus manos: realidad.

No la adormidera de los astros sino una voz presa en la memoria.

Muchas, muchas voces sostenidas en el centro de un hilo.

Ventanas hacia dentro nada nos pertenece.

Estar a oscuras, reconocer el miedo por su olor.

¿Y la victoria?

La victoria no deja rastro: es un vacío.

Mírame: esto es lo que quería. He venido. Deseo que me veas ser.

He dibujado un jardín de insatisfacciones. Olfatéalo. Lámelo.

Escucho cabizbaja mi silencio.

Acompaño a este infinito que nos calla y sigo avanzando hacia mí misma.

El viaje más largo

Un hombre desciende la colina en el borde de un paraguas

Deseo que haya luz suficiente para intuir el humo de otro idioma

Pero es blanco el perfume del niño que amé

Retengo la primera gota en la punta de la lengua como una forma de decirme adiós

Todos los árboles esperan un roce de pájaro una caricia oxidada

Todas las cruces serán verdes y nos dolerán en los ojos cuando ignoremos a quién llevamos dentro

Y no es el tiempo que pasa, somos nosotros quienes vamos haciéndonos niebla

Eras el sueño hecho cuerpo en el quicio de una puerta oyéndome llorar

El amor no nos escoge con el dedo índice, sino con todos y cada uno de los dedos

Me senté a mirar por la ventana cómo avanzaba hacía mí el viaje más largo

He jugado y he vivido: tumor de la inmovilidad.

Última carta al norte

Te amé pequeña y borrosa sobre el agua estancada.

Labios tropezando en labios como peces desnudos, carentes de sonido, peces sílaba y peces pensamiento.

Libre aturdida máscara baila en la piel despojada de hueso.

Hay un agujero de sal en el centro del bosque en el medio del cráneo. Y el musgo es mío pero crece en el lado opuesto al de la oscuridad.

He dormido bajo un abrigo de insectos con las patas enfermas mientras recordaba un poema en el que no regresaba.

Queda en las uñas el regusto del fango. Allí donde nunca dije que anhelaba ser tú para lamer mis heridas y volver habitable el silencio tremendo:

silencio tan alto    -la última carta-    Silencio boreal.