Simone

 

Enigma lento de decir

en este sitio no

cabe huella viva

sino el cuerpo que se escribe agotán-

do-se ho-ra tras ho-ra

escudamos este niño de sordina

disimulo sonriente

la ternura a punto de boca

de nacer.

 

*****

 

Vuelve anochecida

Desde abajo no pareces casi tú

los párpados tan suave-

mente lejos en la mano para a-

mar contacto de otro reino

si letargo roza dedos

desasir piedra en el pecho

en círculo en círculos con-

céntricos hasta

hundirse hasta

sernos.

 

******

 

Cómo

su llanto occipital

de huesos hacia dentro

dibuja

una costra

fiel

tan fiel

como el silencio.

 

******

 

Mientras arcos se dibujan en lo alto

eres cueva de ti misma

entre los hombres eres

cántaro

Simone.

 

 

 

 

Decir ave dentro

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Escrito a las orillas del lago de Hyde Park (Londres, abril de 2017)

 

Me resguardo y desprendo

de las plumas que sobran

 

Deslizarse como síntoma o presagio

de la vida y lo que la propia vida no

 

Grazno como graznan los cisnes

al rozarse y los patos si se tuercen

con abismo hacia lo hondo

 

No encontrarán si es que buscan

Tendrán que dejarse ir

volar al raso de las aguas del lago

 

Cuerpos que no terminan de nacer todavía.

Cuadernos de viaje

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A Raúl
A Clarice Lispector

Vuelvo a soñar con esto: vida dentro del agua.

Me dejo fluir escritura abajo como la cascada a la que asistimos entonces, de pronto interrumpida. Deseo sólido, paralizado y remoto. Nos escucho caminar lento, con los pies pesados, la mirada turbia. Hundido todo, quedan en la superficie los rescoldos de fe. Algo, algo extraño: un cuaderno del viaje a la ceguera.

Cómo pude quedarme allí mirando el agua en lugar de saltar dentro, como quien se salva en el último instante. Agua que sana, agua que salva. Orificios de la vida inconsciente. El sueño de nuevo: esto es real es mi pensamiento líquido que ahora fluye, como la dedicatoria en aquel libro, como un mantra, muchas veces: tú estás en estos versos, tú estás en estos, tú estás en… 

Oh acariciar con la lengua del agua lo que queda de ti: estrías sobre la piel.

Y otro recomenzar del mundo desde las ruinas, haciéndose con la paciencia con que se teje un jersey, puntada a puntada, reclamo a reclamo.

 

 

Días de cielo

 

Dormir una madeja de lana en el pecho

desanudar el roce de la mano

para decir calor telar prohibido

y sin abrigo está la vida rota

 

los hilos los labios cabos sueltos

-animal extinto en su guarida-

 

no saber coser significa

aferrarse con celo a los bordes

saludar al vacío con los ojos

desde el mismo lugar de la caída

 

vuelven los días de cielo

a la boca del color de la sangre

 

vuelven los dedos trenzados

y en torno a la garganta

hacen cuna

 

vuelves luz inconstante

a rasgar el mundo

sólo para remendarlo luego

 

intemperie es la carne:

basta clavar la aguja una vez más.

 

Lumbres II

Finitud tras finitud

crezco

 

Retiemblo árboles

persigo de tu huella

caracol

 

manos que dicen

de no obtener respuesta

 

palpo en la miel

de la abeja su ruido

 

otras vendrán con los

párpados curvos

como líquenes solos

 

deslabio de la luz

irreductible

 

oscurolento caravaggio

 

esta es la última sala no

habrá verbo no diremos

gracias no tendremos dones

como herencia

 

no haremos

finitud

sino con el cuerpo

sino con el eco tibio

de la voz.

 

Retrato de un chico que toca la guitarra y mira el mar

Quizá la sirena de un barco

o el destello febril de quien atraca en el puerto

con las luces todavía apagadas.

 

Porque conozco el miedo pero no lo había paladeado

lentamente,

ardor vuelve en la noche ardor, sueña un hombre:

sus ojos se abren para contener su derrota

-mi derrota-.

 

Camino esta playa que es mi propio cuerpo

y extiendo el dolor, tiro de la punta de mi lengua

para enhebrar un paisaje nuestro, solamente humano.

 

Deja que te cuente una historia inaudita:

a lo lejos un barco ha encendido sus luces.

Y no existe tal puerto,

no hay posible sirena.

 

Estoy preparado para hacer este viaje

ahora que ya no creía posible un ahora.

“Tendré que ser, por fin, / el fino deshacerse de mi cuerpo”: la escritura a partir de la caída

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Apoptosis, Lidia Gómez Pérez (Legados Ediciones 2015) 

 

De pronto, la desaparición, lo no dicho, el paso del ser al no ser.

            Un hueco. No, no un hueco: el hueco. Ella es consciente, ella lo sabe, reconoce esta oquedad dentro y clama, necesita decir, esgrime un balbuceo: “Deseé tener alas un instante”. Pero aún no ha llegado el momento, las palabras se deslizan por entre los dedos, ruedan sobre la página. Pronuncia este lenguaje insuficiente, una: “porque te nombro / desde los límites / que no me alcanzan.”, dos: “pero aun así repito/ cada sílaba y traen / pequeños trozos de vida que ya fue.”, tres veces: ¿Cómo nombran la muerte / los que se han ido? / ¿Dónde el salto de agua, / el caer de los párpados?

            La herida es lo que no se ve. La ausencia es lo que no se ve. La poeta camina sobre las aceras cotidianas, contempla el ritmo-vértigo de la gran ciudad, y no se reconoce en las multitudes, puesto que ellas encarnan la ligereza, el gozo perceptible, la materialidad de las cosas, no su contingencia, lo que está a punto de y no siempre retenemos en los ojos. Estalla así: “Por la angustia nadie brinda”. Una bandada de pájaros que atraviesa el cielo puede ser un acontecimiento importante, algo que nos impele a la sacralidad. “Lazo sin nudo” hace referencia a todas las vivencias exteriores, observadas bajo la óptica de quien mira más allá. Lidia Gómez Pérez retrata de un solo brochazo/ verso, la morfología del mundo, en el que los ojos aparecen como úteros vacíos y las bocas son espátulas dobladas que no alcanzan a dar fruto.

            La poesía es una llamada imperiosa y he aquí su llamada, que se columpia entre una luz intermitente y breves punzadas de nihilismo: “Ofrécenos un verbo / aunque no diga nada. / Muestra qué es lo que queda / tras deslizar los dientes / por un sexo.” Lidia explora a través del lenguaje, como ya hizo Alejandra Pizarnik, la frontera entre el signo y su referente, entre la identidad y un cuerpo tangible que, como la palabra, tiende a deshacerse: “las fronteras son / entre el sujeto     y     su carne. // Pero también se erige como límite / esta distancia recta hasta tus ojos.”

            Finalmente, la claridad, el empeño humano en volver a emerger a la superficie, los retazos de belleza que antes se ocultaban al otro lado. Como una granada abierta, rojísima, los versos se vuelven próximos, dejan una mancha en el lector, “un palpitar de aceite sobre tela, / la textura imborrable de lo que no se agota.” Sobreviene la alegría de los pequeños milagros cotidianos, y la voz se atreve a pronunciar palabras placenteras como: “libros, labios. Espacios / de tinta y agua”. El dolor se erige como una posibilidad rechazada, y la mujer, ahora sí, enarbola sus últimas palabras como alas innegables. Ha encontrado su lugar, ahora puede articular su grito: “Soy el tiempo que me corresponde, / descansada, por fin, / olvido los paisajes.”

            Con Apoptosis Lidia Gómez rehace un camino para estrenar la vida.