A las que duermen

 

porque un milímetro de vida
basta
para saber
que un milímetro de vida basta
para que continúe la vida
A ti no vino a anunciarte
ningún ángel de pan de oro.

 

(Olga Novo)

 

Es cierto:

a vosotras no vino a anunciaros nadie.

Yo llevaba mucho tiempo

detrás de una cortina

esperando.

 

Ahora que por fin habéis venido

permanezco aquí, tras la misma cortina,

en la misma posición,

esperando.

 

Soy la que os mira dormir,

la que custodia los latidos

que quedan para despertaros.

 

Soy esa voz que añorasteis

en un rincón remoto de la infancia,

la que os habló del lujo de crecer

y la herida infinita de la pérdida.

 

Soy la donante de sangre

la madre amante

la hermana insomne.

 

Y es en vuestros labios, en vuestras

bocas entreabiertas, derretidas

de amor de sábana y de sueño

donde cobra sentido este tiempo de escucha

este miedo salvaje a volverme silencio:

 

un vivir para siempre con los ojos cerrados.

 

 

 

La mujer aproximativa

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Este texto no es un prólogo a “Regalar el exilio” de Emily Roberts, aunque aparezca al comienzo del mismo.
Este texto no es más que un poema escrito tras la lectura de este libro o pequeña maravilla donde quedarse a vivir. 
Querer quedarse queriendo irse.
(Alejandra Pizarnik)

 

            Huir del lugar que otros decidieron tuyo. Crecer sintiendo en las manos un perfume extranjero. Volar lejos de tu casa porque no es tu casa, –no lo es hasta que piensas en ella a cientos de kilómetros y en un idioma diferente–. Ella lo sabe. Ella está buscando su origen. Es un animal de huida. Ella dice en voz alta: “tanteo a oscuras / cómo pertenecer” y “corremos desnudas por esta tierra nueva / rogando / que nos reclame”. Emprende un largo viaje hacia afuera, viaje que le lleva hacia dentro, hacia los intersticios del ser.

Mientras tanto, llena de nada las maletas, tiene en los labios el sabor de la no-pertenencia, se adentra en el bosque aunque su meta sea el desierto.

            Sonríes como un día sonrió ella. Ella lejos de sí misma avanza hacia el único rincón que le pertenece totalmente: los recuerdos. Bucea en la infancia, espacio mítico no por lo hermoso, sino de puro terrible y obsceno. Ella se estremece porque sabe que no ha cambiado tanto; le siguen doliendo las personas en sus muchas cicatrices. Le duelen porque han sido malas y buenas. Ella también ha sido mala y buena. Pero no ha sabido curarse, por eso vuelve a los mismos lugares aunque les hayan cambiado los nombres.

Y los pone por escrito.

            “No busques mi piel. Está lejos.” clama ella. La relatividad de los horizontes y las distancias, de las estaciones de tren y los aeropuertos, de los ríos y los mares. Distancias que dependen de una óptica, de una manera de mirar, de si el beso es en los labios o en las mejillas. Por eso ella abre muchísimo los ojos, se entrega sin necesidad de palabras, con todas y cada una de las palabras. “Aprender a dar, es decir, / a soltar muy fuerte” comprende por fin. Un regalo, un souvenir, algo que ofrecer al otro para que ese otro te lleve consigo adondequiera que vaya. Pero qué regalas y a cambio de qué.

            Ella bucea en su interior y descubre una sutura en la lengua materna. Es entonces cuando decide apropiarse de la ajena, para ser una nueva ella, para forjarse una nueva identidad. “Cuántas yoes habrá en los idiomas que no conozco”. Pero vuelve una y otra vez a la herida, la reconoce por su tacto, quiere perderla pero no, quiere perderse pero no. No: si algo desea en lo más íntimo es ser completamente ella: Emily Roberts.

            Emily –y no ella – siempre está de regreso en algún lugar que amó y en el que fue amada. Utrecht, Madrid, California, Toledo, Ávila, Edimburgo… Ciudades esqueleto, ciudades que recorren su cuerpo por dentro, dan sentido a la vida, a los sentimientos, al poema. En cada ciudad una mujer que podría ser ella en el futuro, pero que tal vez no es sino su yo del pasado. “Tal vez volverás a conocerme en otra ciudad, con el cabello blanco y las manos / inválidas. Tendré las medidas idénticas, mi reloj marcará la hora exacta: ahora mismo”. Sea quien sea, su pulso es firme y su escritura es como quien la escribe: exigente, lúcida, avasalladora.

            Regalar el exilio es regalarse a uno mismo, con la soledad que llevamos instalada en los hombros. Regalar el exilio es entregarse, dar aún más de lo que somos, de lo que hemos sido y de lo que seremos. Regalar el exilio es hablar de amor con las persianas bajadas, seguir regando las flores aunque parezca que no van a salvarse, rozar los párpados de la mujer aproximativa.

            Regalar el exilio es, en fin, mucho más que literatura.

*Regalar el exilio, Emily Roberts (Harpo, 2016)

De la belleza del dolor

 

A Emily, un año después de su falda roja

 

Confusa libertad con la que estamos a punto de medirnos.

Fulgor mujer herida por un clavo intermitente.

Pero siempre habrá un afán derritiéndose entre los brazos, una

mejilla, un labio que se haga dúctil cuando tiembles.

 

Aquí pecho  estremecido    cóncavo   color sangre. 

Recuerda esto y recuerda que estás hecha

para llevar en el vientre   -atravesada-.

 

Nos quebraremos juntas y juntas levantaremos

un nido más cálido    -de nieve-.

Sé tú el jardín remanso, la vieja profecía,

el pájaro que con la sola fuerza de sus alas

se convierte en un bálsamo del aire.

 

Iremos cada vez más alto, cada vez más lejos, hacia

una vida oscura insoportablemente nuestra.

“Despiojar certezas al tiempo”: una brecha donde mirar el mundo desde los vértices*

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            A veces creemos que han quedado muy atrás los años en los que vivir era sentarse en el interior de un caleidoscopio y absorber los destellos de color provocados por un juego de espejos. A veces, sí, olvidamos que estamos hechos de piezas diminutas que encajan de manera más o menos perfecta, y que estas piezas no son sino el eco de una luz gastada que viene de otro tiempo, y de un espacio diferente, e incluso de una sensación de rostros, en ocasiones de trazo irregular.

            De lo que estoy tratando de hablar es precisamente de los bordes, de los límites entre una edad y otra, un niño-adolescente y un niño-adulto o un niño-anciano. Recuerdo los “bordes dentados de las cosas” que invoca Alejandra Pizarnik mientras descubro una voz nueva, la de Javier Temprado y sus ojos atónitos mientras escribe para  darse cuenta de que anhela otro cielo más naranja y que es preciso cavar hasta un lugar donde “hay sonrisas disfrazadas de cicatrices / en las arrugas de los árboles”.

            Como quien apresura el paso cuando la lluvia arrecia y se detiene bajo un agua torrencial, el poeta da forma a una realidad que es la suya pero también es la mía y la del transeúnte anónimo que se enfrenta a la noche y descubre que “sólo asfaltamos las calles / con nuestra memoria”. Porque escribir es rehacer y sobre todo moldear los deseos de otras vidas y su continuo desgarro. Porque escribir es bailar una danza en los vértices del tiempo y tantear el abismo o acariciar con las yemas de los dedos el cabo de una vela que murió mucho antes de que existiera la palabra fuego. Pero hoy quema. Todavía quema.

            El borde de un vientre, la esquina de un nombre, los contornos de la noche: fronteras necesarias para comprender el mundo y tener la certeza de que la poesía, y por tanto, la literatura en su totalidad, convoca a la vida y bebe de sus labios, pero no es la propia vida.

            En la literatura hay algo que nos excede, un anhelo profundo e inalcanzable. El poeta lo sabe. Y aun así, qué hermoso es avanzar hacia él y sentir vértigo.

* Sobre “Los vértices del tiempo”, Javier Temprado Blanquer (La Isla de Siltolá, 2015)